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martes, 15 de septiembre de 2026

Fotografía del mes (II). Noche calurosa de septiembre de 1970.


Plaza de Santa Isabel de Sevilla. Barrio de San Marcos. Noche de finales de septiembre de 1970. A pesar de haber entrado oficialmente el otoño, la noche sevillana sigue siendo calurosa. Pleno veranillo de San Miguel, últimos latidos del verano tórrido sevillano. Los colegios ya han empezado pero en las familias aún no se imponen normas estrictas o no hay muchos deberes que hacer en casa. Los chavales del barrio aún gozan de cierta manga ancha y alargan los juegos hasta bien entrada la noche. 

El magnífico retablo manierista de Alonso de Vandelvira (1609) que rodea la puerta del Convento de Santa Isabel sirve de nido para que un "pájaro" noctámbulo otee el horizonte desde la altura. Es momento de tomar algo de fruta y charlar con los vecinos mientras los chiquillos juegan en la plaza.



martes, 1 de septiembre de 2026

Fotografía del mes (I): Nuestra Señora de los Dolores. Mayo, 1972.

 

En mayo de 1972, el fotógrafo aficionado, hermano de la Hermandad de los Servitas de Sevilla, realiza un reportaje único de su titular, la Virgen de los Dolores, mostrando una imagen inusual desprovista de su atuendo habitual. Esta imagen, realizada por el escultor José Montes de Oca, conjuntamente con el Santísimo Cristo de la Providencia, conforman uno de las más prodigiosos conjuntos escultóricos del siglo XVIII sevillano, procesionando, desde 1972, a la Santa Iglesia Catedral en la tarde del Sábado Santo. 

Esta Piedad Servita fue tallada en 1730, en el que también figuraban San Juan Evangelista y Santa María Magdalena, si bien estos últimos no figuran en el bellísimo paso actual diseñado por Antonio Dubé de Luque en el siglo XX.

 

 


 

En la foto, Nuestra Señora de los Dolores se muestra sola, ataviada con un paño de encaje blanco y cruzando sus manos hacia arriba, resaltando así la belleza de su hechura y la maestría del imaginero. Una presentación muy íntima y diferente a la que muestra habitualmente en su altar de la capilla servita así como en su paso, como vemos en la foto siguiente.

 


 

Primera salida de la Piedad Servita como cofradía de penitencia el 1 de abril de 1972

 

viernes, 14 de agosto de 2026

Fotografía del mes (II): el "parroquiano". Mayo de 1975.

 

"Parroquiano", según la segunda acepción del diccionario de la RAE, refiérese a aquella "persona que acostumbra ir siempre a una misma tienda o establecimiento público", por ejemplo a una taberna sevillana de hace cincuenta años, como la de la segunda foto seleccionada este mes, "Casa Tomás", una humilde taberna del barrio de San Marcos que acogía, como cualquier templo de la época, a un nutrido grupo de parroquianos que acudían a lo largo de todo el año, hiciera frío o calor, al milagro de la sustanciación del vino del Aljarafe en vasos de cristal ante el olvido o la muerte. 

Por un módico precio, el vaso de vino obraba el milagro de la conversación, el olvido de las fatiguitas y la recuperación del ánimo en tiempos oscuros. ¡Quién podía dar más por menos! Y al igual que en las iglesias, se respetaba en las tabernas un ritual no menos estricto: estaba prohibido el cante, no se fiaba ni a dios, el devoto se acodaba en la barra, pedía al respetado tabernero-oficiante su gracia y no se hablaba de política, ni de mujeres, ni del pasado, por si acaso. A cambio, se producía el prodigio: cualquiera podía resguardarse a sagrado por un tiempo limitado; la puerta de la taberna trazaba una frontera con la realidad, ofrecía una burbuja cósmica que cada cual podía gestionar a su antojo a salvo de la intemperie. Para ello, bastaba una modesta cantidad de dinero, apuntada con tiza blanca sobre el mostrador de madera gastada de la taberna, para confirmar un contrato que vinculaba a tabernero y parroquiano frente a cualquier inclemencia del porvenir.

 

 


 

En aquellos años sesenta y setenta del siglo pasado, las tabernas sevillanas estaban pobladas de parroquianos, casi todos ellos varones, ya que las mujeres no solían frecuentarlas salvo en fiestas de guardar. Cada uno con una historia personal que guardaba para sí hasta que el vino abría las puertas del alma o de los demonios. La soledad se compartía con el tabernero, verdadero misacantano del rito, y con los demás fieles devotos presentes; de este modo, se hacía más llevadero el rosario de penurias y fracasos que se desgranaba, cuenta a cuenta, noche tras noche. Muchos de ellos sin más esperanza ni horizonte que el amanecer del día siguiente. Y cuando de manera esporádica la vida les regalaba una pequeña alegría o un respiro momentáneo, qué mejor que compartirlos apoyados en la barra de la taberna, eje referencial del mundo e impropio seno materno al que siempre regresar en busca de refugio o consuelo. In vino veritas, nunca mejor dicho.

Vaya esta entrada en recuerdo de la cohorte de "parroquianos" sevillanos de aquellas décadas, hoy ya casi olvidados.


miércoles, 15 de julio de 2026

Fotografía del mes (II): las maquinitas. Verano de 1974.


Verano de 1974. Taberna Casa Luis en la calle Vergara del barrio de San Marcos de Sevilla. La noche ya ha caido y refresca la ciudad. Es el momento de salir el sábado a la calle. Los niños de entonces acompañábamos a nuestros padres -la madre solía quedarse en casa- al bar y, mientras ellos departían con sus amigos tomando unos vinos o unas cervezas, nosotros aprovechábamos su buena disposición para conseguir unas pesetas y jugar a las maquinitas. Así no les dábamos la lata.

Los tipos de maquinitas de entonces en los bares y tabernas eran pocos: los flipers y los pequeños futbolines. Los billares quedaban reservados para salones recreativos más grandes. En la fotogafía, vemos como un niño se entretiene jugando al fliper, o al pinball como se diría hoy. La máquina era hipnótica y, a medida que cogías experiencia, podías sacar partidas gratis que alargaban la dicha sin fin. También, es verdad, que aunque permitía realizar ciertos movimientos con el cuerpo o las manos, si te pasabas con la fuerza aparecía la temida falta, y la máquina se apagaba y perdías la partida. Así que había que andarse con ojo y utilizar el empujoncito muy medido. 

Resulta entrañable que aún resuene en nuestros oídos la musiquilla pegadiza y el repetido choque de la bola de acero contra los distintos obstáculos y gomillas que poblaban el tablero multicolor, mientras en el frontal luminoso aparecía la puntuación, los premios y las partidas obtenidas. Qué tiempos.

 

 

 

Hoy, cincuenta años después, los flipers han desaparecido de los bares y tabernas sevillanos. Sólo en locales muy friquis, y muy pocos, pueden disfrutarse hoy de estas "maquinitas" que eran una delicia de pasatiempo para los niños y adolescentes de entonces. Una pena, porque eran muy divertidas y entretenidas. Una buena forma, además, de hacer amigos, jugar en pareja o compartir partidas entre risas.

 


Incluso a los gatos de taberna les gustaban los flipers.

 

viernes, 1 de mayo de 2026

Fotografía del mes (I). "Los mirones son de piedra". Mayo, 1975.

 

 

Tarde soleada de un mes de mayo de hace más de cincuenta años. En la calle Vergara del barrio de San Marcos, en un velador de la taberna Casa Tomás se juega una partida al dominó. Dos parroquianos miran atentamente el juego. "Los mirones son de piedra" habrá dicho seguro alguno de los contendientes para prevenir gestos o comentarios inapropiados que puedan alterar la limpieza del juego. El juego es una de las cosas más serias que podemos hacer los humanos. Surge la pregunta: ¿desde cuándo no se juega al dominó en las calles del barrio de San Marcos? La verdad es que no sabríamos contestar cuándo se jodió todo. No sólo no juegan los mayores, los niños tampoco. Sólo lo hacen ya en corralitos infantiloides aco(go)tados y vigilados por sus padres, como si fueran tiernos cachorritos.




 

Nos hemos convertido hoy en una sociedad de "mirones". De mirones de piedra por lo poco que socializamos en la vida diaria. Cada uno refugiado en las pantallas portátiles o en las de sus casas. Como si la realidad la configuraran las dos dimensiones de los teléfonos móviles o de los aparatos de televisión, en vez de las tres que recogen nuestros ojos. Desmovilizados. Incapaces de intervenir como no sea de manera reglada y ordenada por alguien, oh, el algoritmo, oh, el partido, y no de manera libre y espontánea como estos vecinos que cada tarde se reunían en los veladores de la taberna para jugar, reir o comentar los acontecimientos de la vida cotidiana.

Mientras las partidas se sucedían, los niños pequeños del barrio jugábamos en la calle al balón, a la lima, o a piola. Las calles eran seguras o, al menos, así las percibíamos entonces. "Mamá, que me voy a la calle a jugar: ¿con quién?, con Manolito. Ah, bien, a las seis aquí. Vale, mamá, adiós." No teníamos teléfonos móviles y, no obstante, nos movíamos por las calles del barrio con total libertad. ¡Qué tiempos aquellos donde no había corralitos de colores, ni algoritmos, ni GPS para localizarnos!

 

martes, 14 de abril de 2026

Fotografía del mes (II). La Sevilla Ensimismada, 1972.

 

 

 


 

Febrero de 1972. Sevilla ya se prepara para la próxima fiesta grande de la ciudad, la Semana Santa. Pero en la taberna de Casa Tomás del barrio de San Marcos parece que el tiempo se ha detenido. En pleno invierno, un parroquiano, ajeno a los fastos, se acoge a sagrado para pasar un rato tras un día frío y duro. No tiene prisa en beber ni tampoco en irse. Está a gusto en una taberna, sí, pero muy lejos de aquellos místicos en su rincón que relataba Núñez de Herrera

Le puede parecer mentira a algunos pero en Sevilla hay sevillanos aburridos, "esaboríos", de esos que se van de pronto sin decir que se han ío, como cantaba el gran Benito Moreno, cuyo tiempo no está regido por las fiestas de la ciudad. Más al contrario, viven al margen de ellas. No les gusta la Semana Santa, ni van a la Feria ni a los toros. Pero son mayoría sin duda. Frente al estereotipo del sevillano chistoso, festivo, alegre, zumbón y contento de haberse conocido, está el sevillano callado, dubitativo, serio e incluso hasta un pelín sieso, que vive tan alejado de las fiestas que estas pasan sin rozarlo siquiera.

Como contaba el recordado Antonio Burgos una de las cosas que echaba de menos en la sevillita hostelera y turística actual era el genuino camarero sevillano sieso o malaje. Ese que si le pedías por favor que te pusiera otro café, te miraba con displicencia y contestaba "¿otro?".

Hay que entender sin dramatismos que la mayor parte de la ciudad -y no sólo la que vive en las periferias expulsada del "parque temático" en que han convertido el centro de Sevilla- continúa su vida al margen del encadenamiento cíclico de las grandes fiestas que constituyen la mayor y más nutrida agenda cultural sevillana: Reyes Magos, Semana Santa, Feria, Maestranza taurina, Rocío, Corpus, Glorias, Navidad... Todas ellas con un denominador común: la ciudad es el escenario, y los sevillanos son los actores, ante sí mismos y, cada vez más, ante los forasteros que ya no se conforman con asistir a la representación sino que quieren participar también como actores: ya sea como rey mago, paje, nazareno, hermano mayor, costalero, torero o feriante.

Parece una insolencia decir que la mayor parte de la población autóctona sevillana permanece ajena a estos fastos y sigue con su vida como si nada, o bien, si puede, desaparece oportunamente aprovechando los días de fiesta. Pero esa es la realidad. Y ha pasado siempre en esta ciudad, no sólo ahora. Basta pasearse por muchos barrios de Sevilla mientras pasos, carrozas, corridas o casetas aglutinan a una mezcolanza variopinta de indígenas y foráneos, para constatar que otra multitud de sevillanos sigue su vida cotidiana ajena al arrobo que unos pocos sienten por la maravilla de turno. 

Y está la otra Sevilla, la Sevilla Ensimismada, la Sevilla exportada en los folletos turísticos, tan encantada de haberse conocido, pero que esconde y posterga sus fantasmas y remiendos entre fiesta y fiesta. Es en esta Sevilla donde verdaderamente se ha parado el tiempo. Es la Sevilla soñada del poeta, sí, el recuerdo infantil o la nostalgia que evoca la distancia, ya sea vital o espacial. Bien lo cantaron Luis Cernuda, Antonio Machado o Rafael Montesinos, por distintos motivos. Pero esa no es la Sevilla real, es una ensoñación reiterativa desde finales del siglo XIX. Un paraíso perdido. Para algunos una pesadilla paralizante, para la mayoría de sevillanos un paisaje ya conocido al que mirar con la misma ternura y paciencia con que se mira a un bebé encerrado en su corralito jugando divertido con el sonajero, mientras el adulto dice para sus adentros "no sabes cuánto te queda por hacer cuando salgas de ahí y te canses de agitar el sonajero".

No está el tiempo detenido en la taberna del parroquiano de la foto seleccionada más arriba, aunque lo parezca. Donde el tiempo está detenido es en esa Sevilla que se entretiene mirándose como Narciso en el reflejo del río, en la permanente evocación de un tiempo ya ido, como hacen aquellos niños a los que les gusta que le cuenten una y otra vez el mismo cuento antes de irse a la cama. 

La Sevilla Ensimismada es como una muchacha que quiere irse a dormir cada día arrullada por marchas cofrades o por sevillanas del Pali, por faenas de Morante o por pregones históricos. Pero la desgracia es que el día siguiente vuelve a amanecer sin remedio. Y ya no es Semana Santa ni Feria, ni Morante torea ni huele a romero, y al despertar el dinosaurio de Monterroso, la realidad, sus quehaceres y sus sinsabores, sigue estando ahí a pesar de todo lo vivido, soñado y sentido.

Salir del corralito sevillano onírico, y algo onanista, para despertar a la vida real es muy duro, casi tanto como la vida que presumimos llevaba nuestro parroquiano de San Marcos en 1972. Aunque, ya saben, sólo faltan 360 días para volver a soñar, y sólo tenemos que girar 360º para permanecer en el mismo sitio. La eterna espera de la Sevilla Ensimismada.


miércoles, 1 de abril de 2026

Fotografía del mes (I). Lunes Santo de 1970.

 

Lunes Santo de 1970. Un joven nazareno de la Hermandad del Museo se dirige a su Capilla desde el barrio de San Marcos. El día es desapacible y amenaza lluvia. Quizás no salga la cofradía, pero el nazareno no abandona la ilusión de realizar la estación de penitencia acompañando a su preciosa Virgen de las Aguas.

La foto nos muestra la Capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la Hermandad Servita que estaba en proceso de rehabilitación por su mal estado de conservación. Como la Sevilla de los años 70 que estaba muy necesitada de reconstrucción, sobre todo en los barrios populares de su centro histórico.

 

 

 

Desde la Plaza de Santa Isabel se observa el deterioro de la techumbre y de las humedades que aquejaban seriamente a la capilla servita. El nazareno de capa enfila la calle Santa Paula -hoy Siete Dolores- camino de la Plaza de San Marcos. No vemos a nadie más. Era una Semana Santa muy diferente a la actual aunque tenía su propio encanto a pesar de no estar de moda como ahora.

La foto transmite la soledad e incertidumbre de un joven nazareno y de la propia ciudad ante un tiempo incierto, pero también la ilusión y la Esperanza por un futuro mejor.


domingo, 15 de marzo de 2026

Fotografía del mes (II). Salida de la Piedad Servita, 1968.

 

31 de marzo de 1968, domingo de pregón, el paso de la Piedad Servita sale por las calles del barrio de San Marcos cuando aún no es cofradía de penitencia. El paso es prestado por la Hermandad de la Virgen del Carmen de Santa Catalina. Aún no lleva cruz ni sudario, pero la Virgen de los Dolores y el Cristo de la Providencia, imágenes del x. XVIII talladas por Montes de Oca, componen un sublime conjunto incluso en los momentos iniciales de una hermandad que trata de recuperar una devoción perdida durante décadas.

El fotógrafo aficionado toma la foto desde el balcón que está frente a la puerta de la Capilla Servita. El encuadre es original y nos muestra, además, a los devotos y hermanos que contemplan la salida desde dentro del templo.


 


 


 

En esta otra toma de la salida observamos mejor la humildad del paso si lo comparamos con el actual. En poco más de 50 años, la Hermandad Servita ha conformado una corporación y una cofradía con un alto grado de excelencia en todos sus enseres y manifestaciones religiosas.

 


 

Finalmente, don Pedro Braña dirige la Banda Sinfónica Municipal que acompaña al paso de la Piedad Servita.

 

domingo, 1 de marzo de 2026

Fotografía del mes (I). Servitas: 50 años de la primera cuadrilla de hermanos costaleros. 1976.

 

En 1973 se formó en Sevilla la primera cuadrilla de hermanos costaleros en la Hermandad de los Estudiantes. Tres años después, en 1976, la Hermandad de los Servitas decidió sumarse al movimiento imparable de los hermanos costaleros ante la crisis sufrida en años anteriores con las llamadas cuadrillas profesionales. Se cumplirán, pues, esta próxima Semana Santa, cincuenta años de la creación de la primera cuadrilla de hermanos costaleros de la Hermandad Servita.

Capitaneado por el recordado capataz Máximo Castaño, un nutrido grupo de jóvenes hermanos servitas ensayaron durante todo el invierno para preparar la salida de su cofradía. Aquí los vemos posando frente el fotógrafo aficionado, justo delante del paso de la Piedad Servita, el Sábado Santo de 1976, minutos antes de su salida procesional.

 


 

Lamentablemente, las inclemencias del tiempo impidieron ese año la salida de la cofradía, frustrando así los anhelos y la ilusión de este grupo de jóvenes. En la foto de abajo, tomada en el patio interior de la Casa de Hermandad anexa a la Capilla, situada en la Plaza de Santa Isabel, observamos la tensa espera de penitentes, nazarenos y costaleros ante la incertidumbre de una salida que, finalmente, no se produjo.

 

 


domingo, 15 de febrero de 2026

Fotografía del mes (II). El orgullo de un barrio. 1972.

 

Es bien sabido que las hermandades y cofradías de Sevilla están íntimamente imbricadas en el tejido social, de tal forma que los barrios fundan hermandades y cofradías y estas consolidan la cohesión y el sentido de pertenencia a aquellos. De este modo, las cofradías expresan el carácter de cada barrio y, a la vez, son muestra fehaciente del orgullo que suponen para sus vecinos. Por eso, hemos titulado esta foto como el orgullo de un barrio

En este caso, del barrio de San Marcos, situado en el centro histórico de Sevilla, en el eje que va desde la Iglesia de Santa Catalina hasta la de San Gil en la Macarena. Una zona muy castigada -durante y después de la Guerra Civil española- porque en ella se concentró la mayor resistencia de las tropas republicanas ante el rápido avance del general nacional Queipo de Llano. La turba quemó prácticamente todas las iglesias y sus enseres y las tropas nacionales arrasaron con estos barrios. Una sinrazón cruel.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado estos barrios empezaron a recuperarse y su población -mucha de ella llegada de los pueblos de la provincia- comenzó a regenerar la vida ciudadana, eso sí, pasando muchas calamidades y estrecheces.

  



En la foto, tomada a principios de los setenta, en 1972, un grupo de niños rodea a un vecinillo que va a salir de nazareno en la cofradía del barrio, la Hermandad de los Servitas, recuperada pocos años antes por un grupo de voluntariosos hermanos y cofrades. Es Sábado Santo y la cofradía servita está a punto de salir por primera vez como hermandad de penitencia para ir a la Santa Iglesia Catedral. La fotografía muestra no sólo el orgullo intangible de un barrio sino también el futuro de tantos niños y niñas que consolidarán, años después, una de las cofrafías más señeras y elegantes de la actual Semana Santa de Sevilla.




Aquí vemos su único y primitivo paso por aquellos años, el de la Piedad Servita. Posteriormente, en 1981, añadiría el de la Virgen de la Soledad bajo palio. Una foto icónica del fotógrafo aficionado, donde la Virgen de los Dolores y el Cristo de la Providencia, grupo escultórico de Montes de Oca, se encuentran enmarcados bajo la inconfudible torre de la Parroquia de San Marcos.

Quizás pueda parece un hecho casual, pero resulta conmovedor pensar que, después de la tragedia sufrida, el barrio de San Marcos adopte como propia una hermandad de negro, seria y fúnebre, tal vez en mudo homenaje a los muchos que cayeron muertos sobre sus calles e iglesias en esos fatídicos días iniciales de la Guerra Civil Española.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

Fotografía del mes (I). Matrimonio con loro, 1972.

 

El fotógrafo aficionado realizó multitud de retratos de sus vecinos del barrio de San Marcos. En muchas ocasiones fotos de carnet para cumplimentar distintos procedimientos administrativos. En tantas otras, simplemente por gusto del artista o por demanda de los "clientes", bien para regalar a la familia, bien para conservar o enmarcar en casa.

El que traemos este mes es un retrato muy curioso. Desconocemos el motivo del mismo y desconocemos al matrimonio que posa ante la cámara, si bien parece que vivía en la cercana calle Hiniesta. No era habitual un retrato de estas características y por eso lo hemos seleccionado. Eran frecuentes los retratos de familia, con hijos, abuelas o amigos, o los retratos de grupos de personas en distintos ambientes, comuniones, bares o celebraciones de bodas. Pero este retrato -que hemos titulado "Matrimonio con loro"- se aleja de todos ellos por su misteriosa composición.

 

 


En primer lugar, la mascota que protagoniza el retrato: una especie de loro. Aunque algunas familias de entonces tenían en sus casas mascotas como perros o gatos, también canarios y jilgueros en sus jaulas, no era frecuente poseer loros, periquitos o cacatúas, especies exóticas caras de adquirir. 

En segundo lugar, resulta curioso que la pareja quisiera posar acompañando a su vistosa mascota alada. Sobre todo si se tiene en cuenta que, por la cantidad de muñecas que aparecen encima del mueble del fondo, debían existir hijas, sobrinas o nietas, más habituales en este tipo de fotos "familiares". También podría pensarse, no obstante, que las muñecas pertenecen a la esposa, o que las hijas o nietas ya hace tiempo que no conviven en la familia, lo que nos conduciría a una suposición aún más extraña por situarlas en lo alto del "mueble bar", lejos del alcance de cualquiera.

Y en tercer lugar, el lugar elegido: el pequeño salón de la casa, probablemente situada en un corral de vecinos. La jaula con el loro ocupa el centro de la "vida familiar". Sugiere la composición que el loro es un motivo de orgullo para la pareja o, quizás, un guiño humorístico sugerido por el fotógrafo aficionado. Quién sabe. 

La seriedad, no obstante, del retrato y la dignidad de sus protagonistas, nos deja algo desconcertados y se pueden imaginar otras tantas historias, todas ellas misteriosas o ambiguas. Lo que le confiere al retrato de "Matrimonio con loro" su verdadero valor.

 

Tanto, que el retrato fotográfico nos ha inspirado la realización de un retrato al óleo titulado del mismo modo:

 

Ángel Bezerra (2025). "Matrimonio con loro". Óleo s/. lienzo. (80 x 80 cm)

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Fotografía del mes (II). El "Armao", abril de 1973.

 

Semana Santa de 1973, Jueves Santo por la tarde, un "armao" de la Macarena pasa a "saludar" a sus amigos de la taberna Casa Luis situada en la calle Vergara, en el barrio de San Marcos. Suponemos que lo hace antes de dirigirse a la Basílica para comenzar el pasacalles, -rancataplán, que inmortalizó el gran Antonio Burgos- que llevará a la Centuria Romana Macarena por las calles de Sevilla hasta llegar al templo donde reside el Señor de Sevilla, Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, para rendirle honores. Una visita que será seguida por muchos sevillanos que esperan con ilusión vivir de nuevo la Madrugada más hermosa.

Por supuesto, eran otros tiempos. Armaos y nazarenos acudían, en ocasiones, a los bares y tabernas como en aquellas estampas costumbristas que nos dejaron Martínez de León o García Ramos, hoy prácticamente erradicadas. Quizás hayamos ganado en seriedad pero, sin duda, hemos perdido en espontaneidad y expresión popular. Unas madrugadas de antaño que añoramos muchos de los que las vivimos de niños o de jóvenes; sobre todo si las comparamos con las de ahora plagadas de problemas: incomodidad, inseguridad y faltas de respeto. Desde aquellas "carreritas" del año 2000 se ha venido produciendo una desbandada de sevillanos que prefieren verla en sus casas por televisión o salir ya de mañana para ver las cofradías recogerse. Nada que ver con las madrugadas del siglo XX.

 


En la foto del fotógrafo aficionado, el "armao" presta sus "armas" honoríficas para que sean portadas por los "parroquianos" de la taberna. Escudo y lanza plateados muestran que la Centuria Macarena no es una exaltación bélica sino una manifestación popular del amor que sienten los macarenos por sus sagrados titulares, el Cristo de la Sentencia, al que escoltan cada madrugada, y su Santísima Madre, la Virgen de la Esperanza. No amenazan a nadie, no dan miedo, solo tocan música cofrade y desfilan con donosura por las calles sevillanas repartiendo ilusiones, alegría y orgullo de barrio. Expresan así la unión incondicional del pueblo con su Hermandad de la Macarena, y lo celebran a su modo, compartiendo vinos, charla y afectos. Todos se sienten honrados con su presencia y el "armao" disfruta de su condición privilegiada por acompañar al paso de la "Sentencia" hasta que el día amanezca de nuevo y la cofradía regrese a su templo rayando el mediodía del Viernes Santo. Un honor y un lujo que pasarán de padres a hijos.


jueves, 1 de enero de 2026

Fotografía del mes (I). Nochevieja de 1973.

 

La primera fotografía que hemos seleccionado para este mes de enero del nuevo año de 2026 procede justo de aquel lejano mes de enero de 1973. Es Nochevieja y se está celebrando en el pequeño salón de la casa. Un piso pequeño del barrio de San Marcos, como la mayoría de las viviendas de entonces. Tras una hilera de botellas vacías una pareja de mujeres, jóvenes madres de familia, bailan juntas para celebrar la venida del nuevo año con alegría y esperanza. 

Esta entrañable instantánea del fotógrafo aficionado nos sumerge en un tiempo que se fue. Un tiempo de papeles pintados en las paredes, decoración popular barata y un aparato de televisión presidiendo la estancia, siempre conectado a la única cadena existente, la de Televisión Española. Franco aún vivía, la dictadura agotaba sus años finales aunque nadie lo podía adivinar entonces. Pero, como ven, a pesar de todo, la alegría va por barrios, y en el de San Marcos se festejaba el nuevo año para convocar los buenos augurios.

 

 


Dos mujeres bailando juntas, sin hombres que las importunen, era una estampa muy habitual en las fiestas populares de entonces. Nadie se sorprendía ni se escandalizaba por eso. No había segundas lecturas aviesas, simplemente cuando no se contaba con hombres dispuestos las mujeres no se resignaban a quedarse sentadas. El reloj marca la una menos veinte de la madrugada y el programa de fin de año de la tele, como todos los años de nuestra infancia, pone música al baile y fondo a la alegría compartida. La estrechez del pequeño salón no lo impide, sino que lo acoge con mayor intimidad. Ya se han tomado las uvas entre risas, se ha comido y se ha bebido -pequeños bocadillos, chacina, botellines de Cruzcampo, cocacolas- y, una vez apartada la mesa de camilla, se hace sitio para el baile y las risas. 



Otros, sin embargo, permanecerán sentados, acaso los más jóvenes, en animada conversación. Se cruzan conversaciones y miradas en un ambiente simpatico y confiado. Nacen nuevas relaciones y se intercambian revelaciones al amparo de la noche y del ruido. Es un nuevo año. Se espera lo mejor aunque la realidad siga siendo la misma una vez que amanezca. Nadie va emperifollado, nadie va vestido de mamarracho, es una fiesta popular de barrio sevillano de hace cincuenta y tres años, de familias y de vecinos; nadie aparenta lo que no es, todos se conocen, todos se sienten unidos, al menos por un rato.

Es Nochevieja en San Marcos. Acaba de empezar el año 1973 y todos esperan que el futuro sea mejor para todos. Y por esta noche, todos lo viven como si lo fuera.

Nosotros, ante este año 2026 que hoy comienza haremos lo mismo y les felicitaremos el nuevo año para desearles que sea mejor que el año pasado. Es un tiempo de ESPERANZA y ALEGRÍA. No lo estropeemos.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (II). Los Reyes Magos han venido. Enero, 1970.

 

Seleccionamos esta segunda fotografía del mes de diciembre, tomada por el fotógrafo aficionado el 6 de enero, día de los Reyes Magos, del año 1970, en el comedor de su casa del barrio de San Marcos, y en la que, a modo de bodegón, vemos uno de los juegos de construcción que hacían furor por aquellos años -el Meccano- junto a un Madelman, pequeño muñeco articulado que lo mismo servía para librar una batalla, cazar en un safari o crucificarlo cuando llegaba la Semana Santa encima de una caja de zapatos a modo de pequeño paso procesional. La única pantalla que existía entonces la vemos al fondo a la derecha, la del televisor, siempre encendido a modo de luminaria perpetua en el pequeño salón de la casa.

Es difícil explicar con palabras todos los sentimientos que nos evoca esta imagen, pero lo vamos a intentar aprovechando que se acerca la Navidad de 2025.

 


 

El niño ya ha empezado a jugar con lo que le han traído los Reyes Magos por la mañana de este 6 de enero de 1970. Ayer se acostó temprano y nervioso, después de que sus padres lo llevaran a ver la Cabalgata por el centro de la ciudad, esperando que le trajeran algunos de los regalos que pidió en su carta dirigida al Rey Baltasar y que echó en el buzón del Cartero Real, sentado junto a varios pajes en la puerta del Corte Inglés de la Plaza del Duque. El niño nunca los oye llegar de madrugada pero confía ilusionado que llegue pronto la mañana del día más luminoso del año. Lleva todas las vacaciones de Navidad esperándolo -por aquellos tiempos Papá Noel no acudía a las casas sevillanas- y sabe que mañana tendrá que volver al colegio, así que tiene que aprovechar el último día de fiesta para jugar. Ya sabe que los Reyes vendrán a casa por la noche y que por la mañana encontrará los regalos bajo el Belén del aparador o encima de las zapatillas que ha dejado debajo de su cama. Siempre ha ocurrido así desde que era chico. Un misterio maravilloso que no quiere desvelar.

El niño duerme en una cama-mueble que se abría cada noche en el pequeño salón de la casa cuando salía la "carta de ajuste" que ponía fin a la programación diaria de la televisión. Pero la noche de Reyes la tele se apagaba pronto para ir a dormir cuanto antes. Se despertó con la primera claridad de la mañana. Fue corriendo a la cama de su hermana pequeña para ver si estaba ya despierta y, con el corazón latiendo con fuerza, viendo los paquetes de colores que había en el salón, fueron a despertar a sus padres. ¡Mamá, papá, que han venido los Reyes! Entonces cogió la mano de su madre y la llevó a ver los regalos. La madre no se lo podía creer. ¡Cómo era posible! Si nadie había escuchado nada por la noche. No le trajeron todo lo que pidió pero daba igual porque sí vio la caja del Meccano, el Madelman Safari con todos sus complementos, un estuche de lápices Alpino y rotuladores de colores, un pijama calentito, unos calcetines y un álbum de animales salvajes. Bueno, realmente el pijama y los calcetines no los había pedido él a los Reyes, pero su madre lo hizo por él, según le explicó.

Mientras en la tele ponían la habitual programación navideña y desayunaba el ColaCao con picatostes que le había hecho su madre, el niño construye un jeep con el Meccano y sienta al "cazador africano" que se va de safari a capturar algunos de los animales que aparecían en el álbum, comenzando así una historia plagada de peligros que podía acabar con el cazador bien muerto, o atacado por una horda de indios de plástico -que le echaron en su cumpleaños- y que hoy se convertirán en una tribu caníbal, quién sabe. Tiene todo el día para hilar historias y aventuras encima de la mesa camilla al calorcito de la copa de cisco.

Estos días de Reyes el niño no los olvidará nunca. Y eso que aún no sabe que no volverá a tener un ilusión tan intensa, una emoción más nítida y un sentimiento de unión más fuerte con su familia que los que experimentará en estos días de Reyes de su infancia.

Y sí, sí que son odiosas algunas de las comparaciones que podemos hacer con la realidad actual.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (I). La joven vendedora, 1974.

 

Para este mes de diciembre vamos a elegir dos fotos, una por quincena. Esta primera, tomada por el fotógrafo aficionado en el verano del año 1974, está dedicada a una adolescente que vendía frutos secos y otras "chucherías" en la puerta de la taberna Casa Tomás que glosamos en la entrada del mes pasado. La melancolía y la ternura que desprende su mirada no puede hacernos olvidar lo dura que fue la vida para muchos niños y niñas en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado -sobre todo de los barrios populares del centro de Sevilla- que no tuvieron más remedio que dedicarse a realizar oficios tempranos y mal pagados que truncaban su formación y mermaban sus posibilidades vitales futuras porque había que llevar algo de dinero a sus familias necesitadas.


 


 

¡Qué lejos esta infancia de la actual! Afortunadamente hemos avanzado con respecto a la realidad que nos muestra la foto. Pero, quizás no lo sea tanto si ampliamos el foco y miramos con más detenimiento la realidad de los barrios periféricos de una Sevilla que tiene el dudoso honor de tener los más pobres y marginales de toda Andalucía y de España. 

Porque desde los años sesenta del siglo pasado se ha forzado en Sevilla una "migración" de ciudadanos desde los barrios más pobres del centro histórico hacia los más alejados, a la búsqueda de mejores condiciones de vida. Así, muchas familias pasaron de vivir en corrales, refugios o infraviviendas a vivir en colmenas de pisos construidas en la afueras. Y la guinda a este fenómeno poligonero y centrífugo la está poniendo hoy la turistificación y gentrificación que sufrimos de manera acelerada. Unos pocos hacen el negocio y otros muchos pagan el pato de ser expulsados de su propia ciudad.

Digamos, pues, que el problema social no se ha resuelto sino que se ha desplazado; pero esa mirada de la joven vendedora -y las vidas truncadas de tantos jóvenes como ella- siguen persiguiéndonos hoy si paseamos por barrios como los Pajaritos, la Candelaria, el Polígono Sur, el Polígono Norte o el Polígono de San Pablo, entre otros. Algunos de ellos, por cierto, convertidos en inaceptables guetos gracias a la dejación de responsabilidad de todas las administraciones públicas desde hace más de cincuenta años. Lo que ocurre es que ya no lo vemos de tan cerca como lo tenemos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ahora bien, si tuviéramos que elegir entre una situación vital u otra, ambas muy malas, sin duda nos quedaríamos con aquella de la chica vendedora del barrio de San Marcos: al menos, ella vivía en la casa del centro histórico donde nació, no había sido aún desplazada hacia una barriada lejana y desintegrada de la ciudad y aún mantenía vivos los vínculos que la unían a su barrio, a sus calles, a su historia y a su grupo familiar de pertenencia. Lo que ocurre ahora en pleno siglo XXI no tiene un pase se mire por donde se mire.

Quizás, si nadie lo remedia, pronto le demos un nuevo sentido al verso de Antonio Machado cuando en boca del apócrifo poeta Abel Infanzón decía: ¡Oh, maravilla, /Sevilla sin sevillanos, /la gran Sevilla! /Dadme una Sevilla vieja /donde se dormía el tiempo /en palacios con jardines /bajo un azul de convento... 

Pues lo estamos consiguiendo, y no desde un punto de vista soñado o nostálgico sino de manera literal: una Sevilla sin sevillanos -como ya existe una Venecia sin venecianos- pero, eso sí, okupada por una masa cretinizada de turistas errabundos cuyo único fin es el de llenar los bolsillos de unos pocos a costa de vaciar, envilecer y desnaturalizar el centro de la ciudad convertido en falso parque temático. Y, mientras, los sevillanos viviendo en las periferias. Su ciudad se les está robando desde hace décadas. Y su pasado y su futuro. Una versión opuesta, zafia y rastrera del sentido profundo que nos legó el insigne poeta sevillano. Eso sí que es una pena.


sábado, 1 de noviembre de 2025

Fotografìa del mes. La taberna, 1972.

 

Seleccionamos para este mes de noviembre una foto a la que le tenemos mucho cariño. A principios del año 1972, Tomás Álamo regentaba una taberna popular -Casa Tomás- que se encontraba en la calle Vergara, justo detrás de la magnífica torre de la iglesia de San Marcos. Resulta llamativo que, alrededor de la plaza del mismo nombre, se ubicaran, por entonces, tres tabernas y dos bares, en una época y un barrio con tantas carencias: el bar La Alegría de San Marcos que hacía esquina con la calle Socorro, la taberna El Disloque en la esquina con Bustos Tavera, el bar Baldogar haciendo esquina con la calle Castellar, y las tabernas de Casa Tomás y Casa Luis en la calle Vergara. De este modo, la semicircunferencia que dibuja la plaza alrededor de la iglesia se encontraba pespunteada de bares y tabernas a modo de guardianas de los accesos a la misma.

 


La foto, a la que volveremos más tarde, nos va a servir de motivo para hacer una ligera disgresión respecto de los bares y tabernas de aquella Sevilla de hace cincuenta años. En las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, bares y tabernas se diferenciaban tanto en aspectos sociológicos como propiamente hosteleros. Las tabernas, por ejemplo, no servían tapas; como mucho ponían platitos de altramuces (chochitos en el argot popular) o de cacahuetes (jamón de mono para el idem); sólo en ocasiones contaban con algo de chacina o queso y poco más. En las tabernas sevillanas no se comía, se bebía: vino del Aljarafe, tinto de Valdepeñas, cerveza Cruzcampo y, cuando se terciaba, cuando hacía frío o venían torcidas, coñac, ginebra o anís a palo seco. Nada de cubatas ni combinados como los de hoy. La Fanta de naranja o la Mirinda de limón se reservaba para los niños que, a veces, entraban con sus papás, para que los dejaran tranquilos. 

En los bares, por el contrario, se apreciaba el listado de tapas que acompañaba, bajo pago de su importe, a la caña o al tanque de cerveza o al vaso de vino tinto -en Sevilla la tapa nunca se ha regalado con la consumición como en otras localidades andaluzas-: la ensaladilla, los pescaos fritos, la carne con tomate, el pavía de merluza o de bacalao, el menudo, las espinacas con garbanzos o los huevos con mayonesa hacían las delicias de los clientes. En los bares la bebida era un mero acompañante de las tapas y de la conversación.

Sociológicamente, por tanto, eran establecimientos bien diferentes. Las tabernas eran más baratas y, por tanto, más accesibles a estómagos y bolsillos escuálidos, lo que acercaba a pobladores menos aseados y menos virtuosos. De aquella estirpe de tabernas de barrio ya quedan pocas en Sevilla, por desgracia. El Tremendo de Santa Catalina, El Vizcaíno de la Plaza de los Carros o el Bar Jota de la Calzá son algunos ejemplos que, hasta hace poco años, hacían honor a su historia tirando cerveza y vino a espuertas sin más acompañamiento que chochitos o jamón de mono. Pero hoy se han desvirtuado en gran medida gracias al turismo y al cliente facilón.

La taberna era un establecimiento para bebedores con escasos medios. Es verdad que, en aquellos años, se veían más borrachos por la calle que ahora, -muchos ahora lo son en sus propias casas- y las tabernas, por lógica mercantil, concentraban al mayor número de ellos. Por eso tenían peor reputación en el barrio que los bares, y por eso las mujeres no solían frecuentarlas salvo en fiestas de guardar y acompañadas siempre del marido. Eran, de facto, territorio masculino. No obstante, la mayoría de sus parroquianos sabía beber y guardar las sevillanas maneras del decoro. Al menos, en aquellos tiempos de penurias, donde la lucidez no estaba bien vista, las tabernas ofrecían un refugio donde acogarse a sagrado y desahogarse por unas horas.

Volvamos a la foto. En la seleccionada de más arriba, vemos al dueño de Casa Tomás, Tomás Álamo, trasteando en la reliquia de la caja registradora del negocio. Como puede observarse, la decoración de la taberna era "minimalista", nada que ver con la de las falsas tabernas recreadas hoy para el turismo bobalicón y termita. Una barra, varias estanterías medio torcidas, una radio agonizante y el género a la vista bastaban para dar funcionalidad al establecimiento. Un popular azulejo solitario en la pared afirmaba, contra la doctrina de la Santa Madre Iglesia, que "los enemigos del hombre son tres: suegra, cuñada y mujer", en vez de "el mundo, el demonio y la carne" que, por supuesto, en estos lugares infames gozaban de fama y paso franco, territorio dionisíaco donde reinaba la marginalidad y el libre pensamiento. 

La limpieza, eso sí, era cortita con sifón, y más si se miraba a las paredes llenas de polvo o al suelo espolvoreado de serrín con el fin de barrer con facilidad las cáscaras, la cerveza derramada o la porquería que se acumulaba a los pies. Para los tiempos actuales, digamos que las tabernas eran políticamente incorrectas, territorio libre de servidumbres ideológicas o religiosas, bordeando siempre los límites del decoro, la salud y las zonas ambiguas de la sociedad. Pero la espiritualidad que ofrecían, las conversaciones que animaban y la bebida que servían a buen precio -vino, cerveza y licores-, bastaban para hacer de ellas -como diría hoy un pedante- un hermoso "espacio de encuentro y solaz" donde pasar un buen rato y, si era el caso, poder olvidar la mala vida, las frustraciones diarias, la miseria económica y las fatiguitas que se pasaban por entonces. ¡Qué más se podía pedir a cambio de tan poco! 

Quizás fuera este el milagro que las hizo mantenerse durante tanto tiempo. Ahora bien, lo único que estaba prohibido era el cante, (el cante flamenco, claro) como advertía un cartel en la mayoría de ellas, lo que a los niños de entonces nos parecía una prohibición desconcertante, entre tantas otras.

Sea como fuere, muchos añoramos aún aquellas tabernas sevillanas sin pretensiones que, sin embargo, resultaban tan acogedoras como la propia casa y donde todo el mundo se conocía.


miércoles, 1 de octubre de 2025

Fotografía del mes. La vajilla Duralex. 1969.

 

 

Hemos elegido para este mes otoñal de octubre una foto familiar del año 1969. Tomada en el mes de diciembre, queremos destacar de ella la vajilla de la marca Duralex que se extendió por la mayoría de los hogares sevillanos gracias a su cualidad de ser irrompible y su buen precio. Lo que acabaría paulatinamente con los platos y fuentes de cerámica que ya sólo se sacaban, si se tenían, cuando llegaban las visitas o en las fiestas de guardar.

 

 


 

En aquellas pequeñas salas de estar de los barrios populares se comía en la mesa de camilla, lugar central de la casa donde se desarrollaba la vida familiar. La razón principal era que bajo sus faldas se encontraba la "copa de cisco" que calentaba a sus habitantes, empezando por los pies, en aquellos fríos inviernos donde aún no se utilizaban los calentadores eléctricos o de gas butano que eran mucho más caros.

La vajilla Duralex se comercializó por aquellos años sesenta en España y se extendió rápidamente por los hogares sevillanos. Duralex, una marca francesa, convertida hoy en icono vintage, que se publicitó entonces como la vajilla irrompible que pasaba de generación en generación. Vasos, platos y fuentes de Duralex llenaron las vitrinas de los armarios y las mesas de comedor como la de la foto. 

Todavía hoy, los "coroneles" del bar El Rinconcillo de Sevilla se sirven en estos vasos.

Duralex se inspiraba en el dicho latino "Dura lex, Sed lex", porque, al igual que la Ley, la vajilla de Duralex no se rompía y, por tanto, era fácil de fregar y salía a cuenta. Qué más se podía pedir en aquellos tiempos de apreturas económicas. O en estos tiempos de obsolescencia programada. Pues eso.

En la foto que hemos seleccionado una familia, mi familia, está dando cuenta de la ensalada y el guiso diarios. En aquellos años se comía poco pescado y poca carne; como mucho, una vez a la semana algo de pollo o una fritura de pescada o boquerones. De ahí que a algunos nos quede todavía hoy el gusto por el cuchareo. En ocasiones, vecinillos eran invitados a comer con la irrompible vajilla de Duralex y, como podemos observar, ya se estaban realizando los preparativos para la Navidad cercana con el montaje del portal de Belén en el aparador. 

El aparador, todo un clásico del mobiliario sevillano de esos años que, gracias a su gran espejo, agrandaba visualmente los saloncitos de los pisos. Después vendría el mueble-bar, con su vitrina de espejos, cristalería y licores, y, claro está, los tomos de la obligada enciclopedia que se vendía por fascículos encuadernables; pero esa es otra historia.

 

lunes, 1 de septiembre de 2025

Fotografía del mes. Limpiabotas vs Kanfort. 1968.

 

Para este mes de septiembre, hemos elegido una foto que Pío R. Lledó tomó también un mes de septiembre pero del año 1968: un limpiabotas, algo adormilado, espera a los clientes en la Plaza de San Marcos, sentado entre el bar "La Alegría de San Marcos" -esquina con la calle Socorro- y una pequeña tienda que vendía prensa y chucherías -ambos ya desaparecidos- y cuyas revistas colgaba en la pared del caserón central de la plaza. Un buzón de correos parece servirle de último apoyo en caso de despiste. Y sorprende su atuendo, tan trajeado, para oficio tan humilde, aunque sin duda lo dignifica.

 

 


 

En la Sevilla de 1968 aún existía este noble oficio hoy ya desaparecido: el de limpiabotas. Hombres que se dedicaban a limpiar y dar brillo a los zapatos de los demás, ya que el uso del Kanfort aún no estaba muy extendido entre las clases populares. Y aquí hacemos un breve paréntesis de humor negro -con el debido respeto- para glosar la dramática justicia poética que se cobraron los limpiabotas, sin saberlo, frente al inventor del artilugio que, a la postre, acabaría con su oficio. Resulta que la famosa barra de crema limpiadora de zapatos -con esponjita incorporada en su extremo-, que empezó a comercializarse en España a mediados de los años 60, la inventó un andaluz, de Écija por más señas, Manuel González Scot-Glendowyn, a la sazón coronel de Estado Mayor retirado, mecenas y coleccionista de arte, sobre todo africano. Pues bien, Manuel González -que no quería que lo llamaran de don- y su esposa fueron violentamente asesinados en Jávea, donde veraneaban, a manos de su asistente nigeriano, en septiembre de 2002, parece que debido a un arrebato de locura. Una tragedia. Por cierto, resulta curioso saber que el matrimonio vivió varios años en San Roque (Cádiz) a cuyo museo donaron varias piezas del insigne imaginero D. Luis Ortega Bru. Cerramos paréntesis. 

El limpiabotas de nuestra foto sestea en la plaza de San Marcos sin saber que su oficio está condenado a desaparecer debido al invento de un compatriota. Por aquellos años, recuerdo que a los niños de la Sevilla popular nos hipnotizaban los limpia cuando ejercían su arte: su maestría en el uso de las cremas y el betún, el ágil movimiento de sus manos o el malabarista manejo de trapos y cepillos, a la vez que mantenían una animada conversación con el cliente. Unos virtuosos del brillo y de la información a pie de calle. Y, en domingos y fiestas de guardar, no escatimaban esfuerzos para dar lustre a zapatos de cualquier clase y condición a cambio de unas perrillas que llevar a la familia. Y por más humilde que fuera su trabajo este no estaba reñido con una apariencia digna y elegante.

En la actualidad, la plaza de San Marcos conserva las trazas de aquellos años 60, si bien, con notables diferencias. Más abajo reflejamos en fotos actuales, de 2025, el lugar exacto donde se sentaba nuestro limpiabotas.

 

 

En esta vemos cómo se conserva aún el buzón cilíndrico, si bien más separado de la pared y amarillo, donde se sentaba el limpia, acompañado de un nuevo hermano más oscuro. 

Al fondo a la derecha, haciendo esquina con la calle Socorro, se encontraba el bar de la Alegría de San Marcos. Por lo demás, el viejo caserón central ha sido remozado y el pavimento ha sido ampliado y dotado tímidamente de arbolado.

 



 
La instantánea del limpiabotas fue tomada por el fotógrafo aficionado desde el interior de la taberna El Disloque que se encontraba al comienzo de la calle Bustos Tavera. 
 
En la foto de la derecha podemos ver el negocio actual, una floristería, en el mismo lugar donde se ubicaba dicha taberna.


 

 

En fin, volviendo a nuestra foto del mes, ¿cómo podemos comparar el arte de un limpiabotas de entonces con la aplicación aburrida de la crema con esponjita de ahora? Por favor, es lo que tiene el progreso, que nunca avisa de lo que perdemos por el camino.

Y para los que crean que este oficio no era digno para los tiempos que corren, sólo basta recordar la dignidad con la que se ejercía entonces... y también ahora. Porque la elegancia y dignidad del limpiabotas no fue sólo un producto sevillano. Para demostrarlo les dejamos con un vídeo de otro elegante limpiabotas allende el océano. Curiosa coincidencia con nuestro trajeado limpia de San Marcos.

 





viernes, 8 de agosto de 2025

Fotografía del mes: Cruz de Guía. Noviembre de 1967.

 

Empezamos una nueva sección mensual dedicada a realizar comentarios de algunas fotos del fotógrafo aficionado con el fin de facilitar una mirada más reposada del pasado. Una mirada hacia atrás, sí, pero no con la intención de evocar nostalgia sino, justo al contrario, para hilar reflexiones sobre el presente y el futuro. Para mirar hacia delante.

Comenzamos con una foto correspondiente al año 1967.

 

 

Sevilla. Noviembre de 1967. Cruz de Guía de la procesión de gloria de la Virgen de la Soledad de la Hermandad de los Servitas adentrándose por la calle Enladrillada del barrio de San Román.

 

En aquel invierno de 1967 aún gobernaba Franco en España. Era oscuro invierno en todo el país. Por entonces, las calles del centro histórico de Sevilla aún no gozaban de buena iluminación. Quizás, por eso, mis recuerdos infantiles de aquellos inviernos suelen estar teñidos de oscuridad, humedad y frio; de charcos, adoquines y solares de tierra y jaramagos. Pero también recuerdo jugar a las bolas o a la lima en la tierra húmeda de los arriates de la Plaza de Santa Isabel, o al fútbol en la calle Vergara; de las rodillas siempre desolladas (malditos pantalones cortos), del olor de los impermeables de plástico azul plomizo que se vendían en la calle Cuna, de los zapatos Gorila de los Almacenes Lirola -con su pelota verde de regalo-, de las botas negras de goma para los días lluviosos, de los calcetines mojados a pesar de ellas y de comer los picatostes calentitos espolvoreados con azúcar y canela que hacía mi madre -los dos arrimados a la copa de cisco picón que se escondía bajo las faldas de la mesa camilla-; de las tardes haciendo los deberes mientras ella cosía escuchando la novela de la radio... En fin, aún con todo el frío y lo que llovía fuera, éramos felices o creíamos serlo, pese a las estrecheces; no sólo de estrecheces de calles como la de la foto, sino, sobre todo, económicas y sociales.

Hoy muchos temen una Semana Santa con poca gente en las calles, como nos muestra la foto elegida, y hacen todo lo posible por agrandarla, que no engrandecerla. Pero, a nosotros, niños de entonces, no nos importa porque ya la vivimos así en las décadas de los cincuenta y sesenta y setenta del siglo pasado; y la disfrutamos, por cierto. De ahí que, muchos, quizá los más viejos, no tengamos ningún miedo sino una resignada desazón justo por lo contrario, es decir, por la actual masificación y turistificación que sufre; por una Semana Santa concebida como parque temático, vendida al mejor postor y con graves pérdidas de lo que creo es su genuina significación religiosa, espiritual, identitaria y artística. Para los que nacimos en aquellos años, la Semana Santa es más una celebración personal e íntima que se vive en familia y rodeado de amigos y de gente, antes que un espectáculo mediático o de masas; sostenemos aún una visión provinciana, si lo quieren, pero, probablemente, más próxima a sus raíces y al sentido de la medida que toda celebración popular debe tener so pena de desnaturalizarse, mutar sin sentido y convertirse en algo incómodo e indeseable. La cantidad, en estos casos, suele ser enemiga de la calidad y de la excelencia. No hay más que ver en qué se ha convertido la TV para los que nacimos sin pantallas en nuestras casas.

Ahora se justifica cualquier salida procesional por su dimensión evangelizadora pero, sinceramente, parece cada vez más una excusa oportuna para alimentar el espectáculo o la propia vanidad (estrenos, bandas, flores, número de nazarenos...). Todo en demasía, incluso las lentejas, acaba hartando y perdiendo sabor. Oler demasiados perfumes seguidos acaba por anular el sentido del olfato. Antes que todo, cualquier salida cofrade debe ser más la afirmación del sentimiento de "hermandad", del sentido de pertenencia y ayuda mutua, de una comunión de hermanos y devotos, que un intento de convertir a los "gentiles" a una fe que, muchas veces, se agota en la propia cofradía, en el propio barrio, en la propia banda, en un consumo hueco de usar y tirar.

También es verdad que aquella Semana Santa tenía problemas, pero de otro tipo: oscurantismo, ignorancia, caciquismo, escasez de medios, mojigatería o hipocresía, entre otros. No todo pasado fue siempre mejor pero, algunos aspectos sí que lo eran, y sería afortunado poder recuperarlos. Aunque no tengamos mucha esperanza en ello, lamentablemente, porque vamos deprisa a no se sabe dónde.

Volviendo a la foto seleccionada, a finales de noviembre de 1967, haciendo honor a su advocación, la Soledad Servita iba casi sola bajo la fría y húmeda noche sevillana. Pero iba rodeada de sus hermanos, devotos y vecinos del barrio. Los faroles de la cruz de guía iluminaban tenuemente la estrecha calle a oscuras. El cortejo de la cofradía estaba compuesto, mayoritariamente, por los niños del barrio. La foto nos conmueve por su extrema sencillez y humildad; porque esos pocos "locos" que eran capaces de sacar un paso de gloria a finales de noviembre en un barrio de Sevilla, con la mayoría de los enseres prestados por otras hermandades y sin intención de movilizar a las masas ni de vanagloriarse de sus posesiones, guardaban como oro en paño el fuego esencial capaz de alumbrar, casi sesenta años después, a una hermandad señera del barrio de San Marcos, como es la hermandad de los Servitas. Esa es la llama, el fuego y el sentido que no debería perder jamás la Semana Santa de Sevilla, aunque desaparecieran la mitad de los espectadores actuales; porque cuando uno no sabe adónde va, ni con quién va, siempre acaba perdido sin remedio.



viernes, 27 de junio de 2025

Epílogo II. Las dos fotos del final de una vida. Primavera, 1991.

 

En el extenso archivo de negativos fotográficos de Pío R. Lledó, que comprende desde el año 1967 hasta principios de 1991 -más de 4.000, de los cuales unos 3.000 se han seleccionado para las casi 300 entradas que componen este blog-, dos fotos señalan el final de una afición, el final del fotógrafo aficionado, el final de una vida. 

La primera, la de su queridísima Virgen de las Aguas de la Hermandad del Museo. Su primera hermandad, su primera devoción, en cuyo paso llegó a salir de maniguetero para cambiar ese codiciado puesto por el de "pavero" -nazareno que va al cuidado de los pequeños monaguillos (pavos) que acompañan a la Virgen delante del paso- con el fin de estar con su hijo. Sin duda, uno de los más bonitos actos de amor y generosidad que tuvo a lo largo de su vida. Lo que motivó que ese pequeño monaguillo heredara su devoción por la Semana Santa de Sevilla en general, y por la Virgen de las Aguas y el Cristo de la Expiración, en particular.

 

 


 

La segunda, la Piedad Servita, la de Nuestra Señora de los Dolores y el Cristo de la Providencia, la foto de los titulares de la hermandad de su barrio de San Marcos, su otra devoción cofrade. Una hermandad, la de los Servitas, a la que acompañó desde su inicios hasta el fin de su vida, ya lejos del barrio, y de la que documentó, como hemos ido mostrando a lo largo de este blog, los primeros años de su existencia como cofradía. 

Pero, en este caso, la Piedad Servita simboliza, para el fotógrafo aficionado, el amor no sólo por su hermandad sino, también, el amor por su barrio, por sus vecinos, por sus amigos, por sus fiestas, por sus bares y tabernas, por la vida cotidiana que impregna y vivifica toda su producción fotográfica: la Sevilla de Pío Lledó, la de los barrios populares del centro histórico -San Marcos, San Julián, Santa Catalina, Santa Marina, San Gil...- la Sevilla de los años sesenta y setenta, una memoria gráfica que va de lo particular a lo general, de lo pequeño y humilde a lo más grande y eterno, una vida que queda así fijada y transmitida a las generaciones futuras por un simple fotógrafo aficionado, para que nunca la/o olvidemos.

Otro gran acto de amor y generosidad del que, seguramente, el fotógrafo aficionado nunca fue plenamente consciente a lo largo de su vida.