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jueves, 15 de octubre de 2026

Fotografía del mes (II). Una Semana Santa que se fue, 1967.

 

26 de noviembre de 1967. Domingo. La noche otoñal sevillana va dando paso al invierno que ya se adivina. Vecinos del barrio de San Marcos contemplan una procesión; probablemente en la calle Enladrillada, junto a la Parroquia de San Román. Calles mal iluminadas y poco limpias como las de entonces de los barrios populares del centro de la ciudad. La Virgen de la Soledad de la Hermandad Servita recorre las calles aledañas a su Capilla de Nuestra Señora de los Dolores cuando aún la hermandad no forma parte de la nómina de las cofradías de penitencia. Ni siquiera tiene paso propio, es prestado. Son los duros -aunque ilusionantes- comienzos de un grupo voluntarioso de hermanos que tratan de recuperar una devoción perdida y que, casi sesenta años después, han logrado conformar una de las cofradías más señeras, bellas y elegantes de las que procesionan en Sevilla cada Sábado Santo.

 

 

 

Los vecinos contemplan a la Virgen cuyo paso se ha parado para dar un breve descanso a los costaleros que la portan, entre chicotá y chicotá. El capataz, Máximo Castaño, comanda la cuadrilla.

 


Una Sevilla que ya no volverá y que sólo es vagamente reconocida en los inicios de muchas de las hermandades y cofradías que nacen y crecen en los nuevos barrios periféricos de la ciudad. Para los que peinamos canas -o ni eso- las cofradías de barrio nos devuelven, acaso por breves instantes, ese recuerdo, ese pellizco, esa Sevilla emocionante de nuestra infancia y adolescencia. Como escribía el poeta: allí encontramos donde la memoria escoge el camino más corto para herirnos (Rafael Montesinos).


sábado, 1 de agosto de 2026

Fotografía del mes (I). La bailaora. Abril de 1973.

 

En la primavera de 1973 se celebra un bautizo en una casa popular del barrio de San Román situado en el centro histórico de Sevilla. Después de la ceremonia religiosa, oficiada en la parroquia, amigos y familiares se reúnen en la vivienda familiar para festejarlo. Pronto surgen las ganas de bailar y el duende se hace carne en el baile de las mujeres. Curiosamente, en ninguna de las fotos del carrete que tira el fotógrafo aficionado aparece ningún hombre. Es una fiesta de mujeres, niñas, jóvenes y maduras, que dan cuenta de la alegría que supone para ellas un nuevo nacimiento.

La foto de la Virgen Macarena, que corona el calendario, preside la humilde casa, probablemente de un corral de vecinos de la época, bien de la calle Sol, bien de la calle Enladrillada. La gracia, el pellizco, de la bailaora ya madura, constituye todo un cartel que rezuma elegancia y naturalidad a partes iguales. Inigualable. Sabiduría popular que se aprende en comunidad y que se regala en pequeñas dosis de autenticidad y belleza.

 


 

viernes, 8 de agosto de 2025

Fotografía del mes: Cruz de Guía. Noviembre de 1967.

 

Empezamos una nueva sección mensual dedicada a realizar comentarios de algunas fotos del fotógrafo aficionado con el fin de facilitar una mirada más reposada del pasado. Una mirada hacia atrás, sí, pero no con la intención de evocar nostalgia sino, justo al contrario, para hilar reflexiones sobre el presente y el futuro. Para mirar hacia delante.

Comenzamos con una foto correspondiente al año 1967.

 

 

Sevilla. Noviembre de 1967. Cruz de Guía de la procesión de gloria de la Virgen de la Soledad de la Hermandad de los Servitas adentrándose por la calle Enladrillada del barrio de San Román.

 

En aquel invierno de 1967 aún gobernaba Franco en España. Era oscuro invierno en todo el país. Por entonces, las calles del centro histórico de Sevilla aún no gozaban de buena iluminación. Quizás, por eso, mis recuerdos infantiles de aquellos inviernos suelen estar teñidos de oscuridad, humedad y frio; de charcos, adoquines y solares de tierra y jaramagos. Pero también recuerdo jugar a las bolas o a la lima en la tierra húmeda de los arriates de la Plaza de Santa Isabel, o al fútbol en la calle Vergara; de las rodillas siempre desolladas (malditos pantalones cortos), del olor de los impermeables de plástico azul plomizo que se vendían en la calle Cuna, de los zapatos Gorila de los Almacenes Lirola -con su pelota verde de regalo-, de las botas negras de goma para los días lluviosos, de los calcetines mojados a pesar de ellas y de comer los picatostes calentitos espolvoreados con azúcar y canela que hacía mi madre -los dos arrimados a la copa de cisco picón que se escondía bajo las faldas de la mesa camilla-; de las tardes haciendo los deberes mientras ella cosía escuchando la novela de la radio... En fin, aún con todo el frío y lo que llovía fuera, éramos felices o creíamos serlo, pese a las estrecheces; no sólo de estrecheces de calles como la de la foto, sino, sobre todo, económicas y sociales.

Hoy muchos temen una Semana Santa con poca gente en las calles, como nos muestra la foto elegida, y hacen todo lo posible por agrandarla, que no engrandecerla. Pero, a nosotros, niños de entonces, no nos importa porque ya la vivimos así en las décadas de los cincuenta y sesenta y setenta del siglo pasado; y la disfrutamos, por cierto. De ahí que, muchos, quizá los más viejos, no tengamos ningún miedo sino una resignada desazón justo por lo contrario, es decir, por la actual masificación y turistificación que sufre; por una Semana Santa concebida como parque temático, vendida al mejor postor y con graves pérdidas de lo que creo es su genuina significación religiosa, espiritual, identitaria y artística. Para los que nacimos en aquellos años, la Semana Santa es más una celebración personal e íntima que se vive en familia y rodeado de amigos y de gente, antes que un espectáculo mediático o de masas; sostenemos aún una visión provinciana, si lo quieren, pero, probablemente, más próxima a sus raíces y al sentido de la medida que toda celebración popular debe tener so pena de desnaturalizarse, mutar sin sentido y convertirse en algo incómodo e indeseable. La cantidad, en estos casos, suele ser enemiga de la calidad y de la excelencia. No hay más que ver en qué se ha convertido la TV para los que nacimos sin pantallas en nuestras casas.

Ahora se justifica cualquier salida procesional por su dimensión evangelizadora pero, sinceramente, parece cada vez más una excusa oportuna para alimentar el espectáculo o la propia vanidad (estrenos, bandas, flores, número de nazarenos...). Todo en demasía, incluso las lentejas, acaba hartando y perdiendo sabor. Oler demasiados perfumes seguidos acaba por anular el sentido del olfato. Antes que todo, cualquier salida cofrade debe ser más la afirmación del sentimiento de "hermandad", del sentido de pertenencia y ayuda mutua, de una comunión de hermanos y devotos, que un intento de convertir a los "gentiles" a una fe que, muchas veces, se agota en la propia cofradía, en el propio barrio, en la propia banda, en un consumo hueco de usar y tirar.

También es verdad que aquella Semana Santa tenía problemas, pero de otro tipo: oscurantismo, ignorancia, caciquismo, escasez de medios, mojigatería o hipocresía, entre otros. No todo pasado fue siempre mejor pero, algunos aspectos sí que lo eran, y sería afortunado poder recuperarlos. Aunque no tengamos mucha esperanza en ello, lamentablemente, porque vamos deprisa a no se sabe dónde.

Volviendo a la foto seleccionada, a finales de noviembre de 1967, haciendo honor a su advocación, la Soledad Servita iba casi sola bajo la fría y húmeda noche sevillana. Pero iba rodeada de sus hermanos, devotos y vecinos del barrio. Los faroles de la cruz de guía iluminaban tenuemente la estrecha calle a oscuras. El cortejo de la cofradía estaba compuesto, mayoritariamente, por los niños del barrio. La foto nos conmueve por su extrema sencillez y humildad; porque esos pocos "locos" que eran capaces de sacar un paso de gloria a finales de noviembre en un barrio de Sevilla, con la mayoría de los enseres prestados por otras hermandades y sin intención de movilizar a las masas ni de vanagloriarse de sus posesiones, guardaban como oro en paño el fuego esencial capaz de alumbrar, casi sesenta años después, a una hermandad señera del barrio de San Marcos, como es la hermandad de los Servitas. Esa es la llama, el fuego y el sentido que no debería perder jamás la Semana Santa de Sevilla, aunque desaparecieran la mitad de los espectadores actuales; porque cuando uno no sabe adónde va, ni con quién va, siempre acaba perdido sin remedio.



domingo, 25 de mayo de 2025

Mejores fotos de 1972 (III).

 

Seguimos con la selección de las mejores fotos tomadas por el fotógrafo aficionado durante el año 1972.

 


 


 


El cuarto de baño convertido en laboratorio fotográfico en 1972

 


 

 






















































sábado, 14 de diciembre de 2024

Salida de la Virgen del Carmen de Santa Catalina (y II). Julio, 1973.

 

La cofradía de gloria empieza a salir por la puerta de Santa Catalina.

 

Y Antoñito "procesiones" no se lo puede perder. Ahí lo vemos con un vara antes del "bacalao"

 










La cuadrilla del capataz Máximo Castaño posa para el fotógrafo aficionado

 

















































El capataz Máximo Castaño mandando el paso de la Virgen del Carmen. Una de las tomas favoritas del fotógrafo aficionado.





La representación de la Hermandad de los Gitanos saluda a la cofradía de la Virgen del Carmen en la puerta de la parroquia de San Román.

 

 

Y un curioso disparo fortuito para terminar

miércoles, 6 de noviembre de 2024

1973 (IV). Segunda estación de la penitencia de los Servitas.

 

IV. Por las calles del barrio. La cofradía se adentra en las calles de San Marcos e inicia su andadura hacia la carrera oficial. La ilusión de su segunda estación de penitencia se nota en los rostros de todos los vecinos y sevillanos que se acercan a contemplar la nueva cofradía del Sábado Santo. El cuerpo de nazarenos dobla por la calle Socorro camino de la parroquia de San Román.

 


 


 

 

 










Los camareros del bar La Alegría de San Marcos no dan abasto para atender a los clientes porque por delante de su puerta pasa la cofradía, justo en la esquina de la calle Socorro.


















 

La Piedad Servita se adentra en la calle Socorro camino de la Parroquia de San Román.

 









 

Allí la espera la representación de la Hermandad de los Gitanos que en estos años reside aún en San Román, junto con el padre Pérez Estudillo.




Al fondo vemos el desaparecido bar El Uno de San Román