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martes, 14 de abril de 2026

Fotografía del mes (II). La Sevilla Ensimismada, 1972.

 

 

 


 

Febrero de 1972. Sevilla ya se prepara para la próxima fiesta grande de la ciudad, la Semana Santa. Pero en la taberna de Casa Tomás del barrio de San Marcos parece que el tiempo se ha detenido. En pleno invierno, un parroquiano, ajeno a los fastos, se acoge a sagrado para pasar un rato tras un día frío y duro. No tiene prisa en beber ni tampoco en irse. Está a gusto en una taberna, sí, pero muy lejos de aquellos místicos en su rincón que relataba Núñez de Herrera

Le puede parecer mentira a algunos pero en Sevilla hay sevillanos aburridos, "esaboríos", de esos que se van de pronto sin decir que se han ío, como cantaba el gran Benito Moreno, cuyo tiempo no está regido por las fiestas de la ciudad. Más al contrario, viven al margen de ellas. No les gusta la Semana Santa, ni van a la Feria ni a los toros. Pero son mayoría sin duda. Frente al estereotipo del sevillano chistoso, festivo, alegre, zumbón y contento de haberse conocido, está el sevillano callado, dubitativo, serio e incluso hasta un pelín sieso, que vive tan alejado de las fiestas que estas pasan sin rozarlo siquiera.

Como contaba el recordado Antonio Burgos una de las cosas que echaba de menos en la sevillita hostelera y turística actual era el genuino camarero sevillano sieso o malaje. Ese que si le pedías por favor que te pusiera otro café, te miraba con displicencia y contestaba "¿otro?".

Hay que entender sin dramatismos que la mayor parte de la ciudad -y no sólo la que vive en las periferias expulsada del "parque temático" en que han convertido el centro de Sevilla- continúa su vida al margen del encadenamiento cíclico de las grandes fiestas que constituyen la mayor y más nutrida agenda cultural sevillana: Reyes Magos, Semana Santa, Feria, Maestranza taurina, Rocío, Corpus, Glorias, Navidad... Todas ellas con un denominador común: la ciudad es el escenario, y los sevillanos son los actores, ante sí mismos y, cada vez más, ante los forasteros que ya no se conforman con asistir a la representación sino que quieren participar también como actores: ya sea como rey mago, paje, nazareno, hermano mayor, costalero, torero o feriante.

Parece una insolencia decir que la mayor parte de la población autóctona sevillana permanece ajena a estos fastos y sigue con su vida como si nada, o bien, si puede, desaparece oportunamente aprovechando los días de fiesta. Pero esa es la realidad. Y ha pasado siempre en esta ciudad, no sólo ahora. Basta pasearse por muchos barrios de Sevilla mientras pasos, carrozas, corridas o casetas aglutinan a una mezcolanza variopinta de indígenas y foráneos, para constatar que otra multitud de sevillanos sigue su vida cotidiana ajena al arrobo que unos pocos sienten por la maravilla de turno. 

Y está la otra Sevilla, la Sevilla Ensimismada, la Sevilla exportada en los folletos turísticos, tan encantada de haberse conocido, pero que esconde y posterga sus fantasmas y remiendos entre fiesta y fiesta. Es en esta Sevilla donde verdaderamente se ha parado el tiempo. Es la Sevilla soñada del poeta, sí, el recuerdo infantil o la nostalgia que evoca la distancia, ya sea vital o espacial. Bien lo cantaron Luis Cernuda, Antonio Machado o Rafael Montesinos, por distintos motivos. Pero esa no es la Sevilla real, es una ensoñación reiterativa desde finales del siglo XIX. Un paraíso perdido. Para algunos una pesadilla paralizante, para la mayoría de sevillanos un paisaje ya conocido al que mirar con la misma ternura y paciencia con que se mira a un bebé encerrado en su corralito jugando divertido con el sonajero, mientras el adulto dice para sus adentros "no sabes cuánto te queda por hacer cuando salgas de ahí y te canses de agitar el sonajero".

No está el tiempo detenido en la taberna del parroquiano de la foto seleccionada más arriba, aunque lo parezca. Donde el tiempo está detenido es en esa Sevilla que se entretiene mirándose como Narciso en el reflejo del río, en la permanente evocación de un tiempo ya ido, como hacen aquellos niños a los que les gusta que le cuenten una y otra vez el mismo cuento antes de irse a la cama. 

La Sevilla Ensimismada es como una muchacha que quiere irse a dormir cada día arrullada por marchas cofrades o por sevillanas del Pali, por faenas de Morante o por pregones históricos. Pero la desgracia es que el día siguiente vuelve a amanecer sin remedio. Y ya no es Semana Santa ni Feria, ni Morante torea ni huele a romero, y al despertar el dinosaurio de Monterroso, la realidad, sus quehaceres y sus sinsabores, sigue estando ahí a pesar de todo lo vivido, soñado y sentido.

Salir del corralito sevillano onírico, y algo onanista, para despertar a la vida real es muy duro, casi tanto como la vida que presumimos llevaba nuestro parroquiano de San Marcos en 1972. Aunque, ya saben, sólo faltan 360 días para volver a soñar, y sólo tenemos que girar 360º para permanecer en el mismo sitio. La eterna espera de la Sevilla Ensimismada.


miércoles, 14 de enero de 2026

Fotografía del mes (II). El "Armao", abril de 1973.

 

Semana Santa de 1973, Jueves Santo por la tarde, un "armao" de la Macarena pasa a "saludar" a sus amigos de la taberna Casa Luis situada en la calle Vergara, en el barrio de San Marcos. Suponemos que lo hace antes de dirigirse a la Basílica para comenzar el pasacalles, -rancataplán, que inmortalizó el gran Antonio Burgos- que llevará a la Centuria Romana Macarena por las calles de Sevilla hasta llegar al templo donde reside el Señor de Sevilla, Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, para rendirle honores. Una visita que será seguida por muchos sevillanos que esperan con ilusión vivir de nuevo la Madrugada más hermosa.

Por supuesto, eran otros tiempos. Armaos y nazarenos acudían, en ocasiones, a los bares y tabernas como en aquellas estampas costumbristas que nos dejaron Martínez de León o García Ramos, hoy prácticamente erradicadas. Quizás hayamos ganado en seriedad pero, sin duda, hemos perdido en espontaneidad y expresión popular. Unas madrugadas de antaño que añoramos muchos de los que las vivimos de niños o de jóvenes; sobre todo si las comparamos con las de ahora plagadas de problemas: incomodidad, inseguridad y faltas de respeto. Desde aquellas "carreritas" del año 2000 se ha venido produciendo una desbandada de sevillanos que prefieren verla en sus casas por televisión o salir ya de mañana para ver las cofradías recogerse. Nada que ver con las madrugadas del siglo XX.

 


En la foto del fotógrafo aficionado, el "armao" presta sus "armas" honoríficas para que sean portadas por los "parroquianos" de la taberna. Escudo y lanza plateados muestran que la Centuria Macarena no es una exaltación bélica sino una manifestación popular del amor que sienten los macarenos por sus sagrados titulares, el Cristo de la Sentencia, al que escoltan cada madrugada, y su Santísima Madre, la Virgen de la Esperanza. No amenazan a nadie, no dan miedo, solo tocan música cofrade y desfilan con donosura por las calles sevillanas repartiendo ilusiones, alegría y orgullo de barrio. Expresan así la unión incondicional del pueblo con su Hermandad de la Macarena, y lo celebran a su modo, compartiendo vinos, charla y afectos. Todos se sienten honrados con su presencia y el "armao" disfruta de su condición privilegiada por acompañar al paso de la "Sentencia" hasta que el día amanezca de nuevo y la cofradía regrese a su templo rayando el mediodía del Viernes Santo. Un honor y un lujo que pasarán de padres a hijos.


viernes, 15 de marzo de 2024

D. Pedro Braña en el concierto del Corpus de 1970

 

Es tradición en Sevilla que, en vísperas de la celebración del Corpus, la Banda Sinfónica Municipal de Sevilla ofrezca un concierto público en la Plaza de San Francisco al pie del altar presidido por la Virgen de la Hiniesta Gloriosa, patrona del Ayuntamiento desde 1649. En la noche del 27 de mayo de 1970, su director, D. Pedro Braña, dirige a la Banda Municipal.

 


 

 

 

Obsérvese como estaban iluminadas las portadas del Corpus y la propia Plaza de San Francisco en aquellos años 70.






 

Por supuesto, en aquellos años no podía faltar al evento uno de los clásicos personajes más queridos de aquella época: Antoñito Procesiones, inmortalizada su memoria por D. Antonio Burgos en uno de sus inolvidables recuadros, titulado "Amargura para Antoñito". Antoñito era un seguidor incondicional de D. Pedro Braña, también citados en otro maravilloso recuadro titulado Vicente el del canasto.

Personajes populares y callejeros de una Sevilla entrañable y provinciana que perdimos para siempre, como sus cielos (Joaquín Romero Murube).