martes, 14 de abril de 2026

Fotografía del mes (II). La Sevilla Ensimismada, 1972.

 

 

 


 

Febrero de 1972. Sevilla ya se prepara para la próxima fiesta grande de la ciudad, la Semana Santa. Pero en la taberna de Casa Tomás del barrio de San Marcos parece que el tiempo se ha detenido. En pleno invierno, un parroquiano, ajeno a los fastos, se acoge a sagrado para pasar un rato tras un día frío y duro. No tiene prisa en beber ni tampoco en irse. Está a gusto en una taberna, sí, pero muy lejos de aquellos místicos en su rincón que relataba Núñez de Herrera

Le puede parecer mentira a algunos pero en Sevilla hay sevillanos aburridos, "esaboríos", de esos que se van de pronto sin decir que se han ío, como cantaba el gran Benito Moreno, cuyo tiempo no está regido por las fiestas de la ciudad. Más al contrario, viven al margen de ellas. No les gusta la Semana Santa, ni van a la Feria ni a los toros. Pero son mayoría sin duda. Frente al estereotipo del sevillano chistoso, festivo, alegre, zumbón y contento de haberse conocido, está el sevillano callado, dubitativo, serio e incluso hasta un pelín sieso, que vive tan alejado de las fiestas que estas pasan sin rozarlo siquiera.

Como contaba el recordado Antonio Burgos una de las cosas que echaba de menos en la sevillita hostelera y turística actual era el genuino camarero sevillano sieso o malaje. Ese que si le pedías por favor que te pusiera otro café, te miraba con displicencia y contestaba "¿otro?".

Hay que entender sin dramatismos que la mayor parte de la ciudad -y no sólo la que vive en las periferias expulsada del "parque temático" en que han convertido el centro de Sevilla- continúa su vida al margen del encadenamiento cíclico de las grandes fiestas que constituyen la mayor y más nutrida agenda cultural sevillana: Reyes Magos, Semana Santa, Feria, Maestranza taurina, Rocío, Corpus, Glorias, Navidad... Todas ellas con un denominador común: la ciudad es el escenario, y los sevillanos son los actores, ante sí mismos y, cada vez más, ante los forasteros que ya no se conforman con asistir a la representación sino que quieren participar también como actores: ya sea como rey mago, paje, nazareno, hermano mayor, costalero, torero o feriante.

Parece una insolencia decir que la mayor parte de la población autóctona sevillana permanece ajena a estos fastos y sigue con su vida como si nada, o bien, si puede, desaparece oportunamente aprovechando los días de fiesta. Pero esa es la realidad. Y ha pasado siempre en esta ciudad, no sólo ahora. Basta pasearse por muchos barrios de Sevilla mientras pasos, carrozas, corridas o casetas aglutinan a una mezcolanza variopinta de indígenas y foráneos, para constatar que otra multitud de sevillanos sigue su vida cotidiana ajena al arrobo que unos pocos sienten por la maravilla de turno. 

Es la otra Sevilla, la Sevilla Ensimismada, la Sevilla exportada en los folletos turísticos, tan encantada de haberse conocido, pero que esconde y posterga sus fantasmas y remiendos entre fiesta y fiesta. Es en esta Sevilla donde verdaderamente se ha parado el tiempo. Es la Sevilla soñada del poeta, sí, el sueño infantil o el sueño nostálgico que evoca la distancia, ya sea vital o espacial. Bien lo cantaron Luis Cernuda, Antonio Machado o Rafael Montesinos, por distintos motivos. Pero esa no es la Sevilla real, es un sueño reiterativo inventado a finales del siglo XIX. Para algunos incluso una pesadilla paralizante, para la mayoría un paisaje ya conocido al que mirar con la misma ternura con que se mira a un bebé encerrado en su corralito mientras juega divertido con el sonajero, y el adulto dice para sus adentros "no sabes cuánto te queda por ver cuando salgas de ahí y dejes de agitar el sonajero".

No está el tiempo detenido en la taberna del parroquiano de la foto seleccionada más arriba, aunque lo parezca. Donde el tiempo está detenido es en esa Sevilla que se entretiene mirándose como Narciso en el reflejo del río, o en la permanente evocación de un tiempo ya ido, como hacen aquellos niños a los que les gusta que le cuenten una y otra vez el mismo cuento antes de irse a la cama. 

La Sevilla Ensimismada es como una muchacha que quiere dormir plácidamente cada día arrullada por marchas cofrades o por sevillanas del Pali, por faenas de Morante o por pregones históricos. Pero con la desgracia de que al día siguiente vuelve a amanecer sin remedio. Y ya no es Semana Santa ni Feria, y al despertar el dinosaurio de Monterroso, la realidad y sus sinsabores, sigue estando ahí a pesar de todo lo sentido.

Salir del corralito sevillano onírico, y algo onanista, para despertar a la vida real es muy duro, casi tanto como la vida que presumimos llevaba nuestro parroquiano de la foto en 1972; aunque, ya saben, faltan 360 días para volver a soñar, y girar 360º para permanecer en el mismo sitio. La eterna espera de la Sevilla Ensimismada.


miércoles, 1 de abril de 2026

Fotografía del mes (I). Lunes Santo de 1970.

 

Lunes Santo de 1970. Un joven nazareno de la Hermandad del Museo se dirige a su Capilla desde el barrio de San Marcos. El día es desapacible y amenaza lluvia. Quizás no salga la cofradía, pero el nazareno no abandona la ilusión de realizar la estación de penitencia acompañando a su preciosa Virgen de las Aguas.

La foto nos muestra la Capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la Hermandad Servita que estaba en proceso de rehabilitación por su mal estado de conservación. Como la Sevilla de los años 70 que estaba muy necesitada de reconstrucción, sobre todo en los barrios populares de su centro histórico.

 

 

 

Desde la Plaza de Santa Isabel se observa el deterioro de la techumbre y de las humedades que aquejaban seriamente a la capilla servita. El nazareno de capa enfila la calle Santa Paula -hoy Siete Dolores- camino de la Plaza de San Marcos. No vemos a nadie más. Era una Semana Santa muy diferente a la actual aunque tenía su propio encanto a pesar de no estar de moda como ahora.

La foto transmite la soledad e incertidumbre de un joven nazareno y de la propia ciudad ante un tiempo incierto, pero también la ilusión y la Esperanza por un futuro mejor.


domingo, 15 de marzo de 2026

Fotografía del mes (II). Salida de la Piedad Servita, 1968.

 

31 de marzo de 1968, domingo de pregón, el paso de la Piedad Servita sale por las calles del barrio de San Marcos cuando aún no es cofradía de penitencia. El paso es prestado por la Hermandad de la Virgen del Carmen de Santa Catalina. Aún no lleva cruz ni sudario, pero la Virgen de los Dolores y el Cristo de la Providencia, imágenes del x. XVIII talladas por Montes de Oca, componen un sublime conjunto incluso en los momentos iniciales de una hermandad que trata de recuperar una devoción perdida durante décadas.

El fotógrafo aficionado toma la foto desde el balcón que está frente a la puerta de la Capilla Servita. El encuadre es original y nos muestra, además, a los devotos y hermanos que contemplan la salida desde dentro del templo.


 


 


 

En esta otra toma de la salida observamos mejor la humildad del paso si lo comparamos con el actual. En poco más de 50 años, la Hermandad Servita ha conformado una corporación y una cofradía con un alto grado de excelencia en todos sus enseres y manifestaciones religiosas.

 


 

Finalmente, don Pedro Braña dirige la Banda Sinfónica Municipal que acompaña al paso de la Piedad Servita.

 

domingo, 1 de marzo de 2026

Fotografía del mes (I). Servitas: 50 años de la primera cuadrilla de hermanos costaleros. 1976.

 

En 1973 se formó en Sevilla la primera cuadrilla de hermanos costaleros en la Hermandad de los Estudiantes. Tres años después, en 1976, la Hermandad de los Servitas decidió sumarse al movimiento imparable de los hermanos costaleros ante la crisis sufrida en años anteriores con las llamadas cuadrillas profesionales. Se cumplirán, pues, esta próxima Semana Santa, cincuenta años de la creación de la primera cuadrilla de hermanos costaleros de la Hermandad Servita.

Capitaneado por el recordado capataz Máximo Castaño, un nutrido grupo de jóvenes hermanos servitas ensayaron durante todo el invierno para preparar la salida de su cofradía. Aquí los vemos posando frente el fotógrafo aficionado, justo delante del paso de la Piedad Servita, el Sábado Santo de 1976, minutos antes de su salida procesional.

 


 

Lamentablemente, las inclemencias del tiempo impidieron ese año la salida de la cofradía, frustrando así los anhelos y la ilusión de este grupo de jóvenes. En la foto de abajo, tomada en el patio interior de la Casa de Hermandad anexa a la Capilla, situada en la Plaza de Santa Isabel, observamos la tensa espera de penitentes, nazarenos y costaleros ante la incertidumbre de una salida que, finalmente, no se produjo.

 

 


domingo, 15 de febrero de 2026

Fotografía del mes (II). El orgullo de un barrio. 1972.

 

Es bien sabido que las hermandades y cofradías de Sevilla están íntimamente imbricadas en el tejido social, de tal forma que los barrios fundan hermandades y cofradías y estas consolidan la cohesión y el sentido de pertenencia a aquellos. De este modo, las cofradías expresan el carácter de cada barrio y, a la vez, son muestra fehaciente del orgullo que suponen para sus vecinos. Por eso, hemos titulado esta foto como el orgullo de un barrio

En este caso, del barrio de San Marcos, situado en el centro histórico de Sevilla, en el eje que va desde la Iglesia de Santa Catalina hasta la de San Gil en la Macarena. Una zona muy castigada -durante y después de la Guerra Civil española- porque en ella se concentró la mayor resistencia de las tropas republicanas ante el rápido avance del general nacional Queipo de Llano. La turba quemó prácticamente todas las iglesias y sus enseres y las tropas nacionales arrasaron con estos barrios. Una sinrazón cruel.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado estos barrios empezaron a recuperarse y su población -mucha de ella llegada de los pueblos de la provincia- comenzó a regenerar la vida ciudadana, eso sí, pasando muchas calamidades y estrecheces.

  



En la foto, tomada a principios de los setenta, en 1972, un grupo de niños rodea a un vecinillo que va a salir de nazareno en la cofradía del barrio, la Hermandad de los Servitas, recuperada pocos años antes por un grupo de voluntariosos hermanos y cofrades. Es Sábado Santo y la cofradía servita está a punto de salir por primera vez como hermandad de penitencia para ir a la Santa Iglesia Catedral. La fotografía muestra no sólo el orgullo intangible de un barrio sino también el futuro de tantos niños y niñas que consolidarán, años después, una de las cofrafías más señeras y elegantes de la actual Semana Santa de Sevilla.




Aquí vemos su único y primitivo paso por aquellos años, el de la Piedad Servita. Posteriormente, en 1981, añadiría el de la Virgen de la Soledad bajo palio. Una foto icónica del fotógrafo aficionado, donde la Virgen de los Dolores y el Cristo de la Providencia, grupo escultórico de Montes de Oca, se encuentran enmarcados bajo la inconfudible torre de la Parroquia de San Marcos.

Quizás pueda parece un hecho casual, pero resulta conmovedor pensar que, después de la tragedia sufrida, el barrio de San Marcos adopte como propia una hermandad de negro, seria y fúnebre, tal vez en mudo homenaje a los muchos que cayeron muertos sobre sus calles e iglesias en esos fatídicos días iniciales de la Guerra Civil Española.

 

domingo, 1 de febrero de 2026

Fotografía del mes (I). Matrimonio con loro, 1972.

 

El fotógrafo aficionado realizó multitud de retratos de sus vecinos del barrio de San Marcos. En muchas ocasiones fotos de carnet para cumplimentar distintos procedimientos administrativos. En tantas otras, simplemente por gusto del artista o por demanda de los "clientes", bien para regalar a la familia, bien para conservar o enmarcar en casa.

El que traemos este mes es un retrato muy curioso. Desconocemos el motivo del mismo y desconocemos al matrimonio que posa ante la cámara, si bien parece que vivía en la cercana calle Hiniesta. No era habitual un retrato de estas características y por eso lo hemos seleccionado. Eran frecuentes los retratos de familia, con hijos, abuelas o amigos, o los retratos de grupos de personas en distintos ambientes, comuniones, bares o celebraciones de bodas. Pero este retrato -que hemos titulado "Matrimonio con loro"- se aleja de todos ellos por su misteriosa composición.

 

 


En primer lugar, la mascota que protagoniza el retrato: una especie de loro. Aunque algunas familias de entonces tenían en sus casas mascotas como perros o gatos, también canarios y jilgueros en sus jaulas, no era frecuente poseer loros, periquitos o cacatúas, especies exóticas caras de adquirir. 

En segundo lugar, resulta curioso que la pareja quisiera posar acompañando a su vistosa mascota alada. Sobre todo si se tiene en cuenta que, por la cantidad de muñecas que aparecen encima del mueble del fondo, debían existir hijas, sobrinas o nietas, más habituales en este tipo de fotos "familiares". También podría pensarse, no obstante, que las muñecas pertenecen a la esposa, o que las hijas o nietas ya hace tiempo que no conviven en la familia, lo que nos conduciría a una suposición aún más extraña por situarlas en lo alto del "mueble bar", lejos del alcance de cualquiera.

Y en tercer lugar, el lugar elegido: el pequeño salón de la casa, probablemente situada en un corral de vecinos. La jaula con el loro ocupa el centro de la "vida familiar". Sugiere la composición que el loro es un motivo de orgullo para la pareja o, quizás, un guiño humorístico sugerido por el fotógrafo aficionado. Quién sabe. 

La seriedad, no obstante, del retrato y la dignidad de sus protagonistas, nos deja algo desconcertados y se pueden imaginar otras tantas historias, todas ellas misteriosas o ambiguas. Lo que le confiere al retrato de "Matrimonio con loro" su verdadero valor.

 

Tanto, que el retrato fotográfico nos ha inspirado la realización de un retrato al óleo titulado del mismo modo:

 

Ángel Bezerra (2025). "Matrimonio con loro". Óleo s/. lienzo. (80 x 80 cm)

 

miércoles, 14 de enero de 2026

Fotografía del mes (II). El "Armao", abril de 1973.

 

Semana Santa de 1973, Jueves Santo por la tarde, un "armao" de la Macarena pasa a "saludar" a sus amigos de la taberna Casa Luis situada en la calle Vergara, en el barrio de San Marcos. Suponemos que lo hace antes de dirigirse a la Basílica para comenzar el pasacalles, -rancataplán, que inmortalizó el gran Antonio Burgos- que llevará a la Centuria Romana Macarena por las calles de Sevilla hasta llegar al templo donde reside el Señor de Sevilla, Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, para rendirle honores. Una visita que será seguida por muchos sevillanos que esperan con ilusión vivir de nuevo la Madrugada más hermosa.

Por supuesto, eran otros tiempos. Armaos y nazarenos acudían, en ocasiones, a los bares y tabernas como en aquellas estampas costumbristas que nos dejaron Martínez de León o García Ramos, hoy prácticamente erradicadas. Quizás hayamos ganado en seriedad pero, sin duda, hemos perdido en espontaneidad y expresión popular. Unas madrugadas de antaño que añoramos muchos de los que las vivimos de niños o de jóvenes; sobre todo si las comparamos con las de ahora plagadas de problemas: incomodidad, inseguridad y faltas de respeto. Desde aquellas "carreritas" del año 2000 se ha venido produciendo una desbandada de sevillanos que prefieren verla en sus casas por televisión o salir ya de mañana para ver las cofradías recogerse. Nada que ver con las madrugadas del siglo XX.

 


En la foto del fotógrafo aficionado, el "armao" presta sus "armas" honoríficas para que sean portadas por los "parroquianos" de la taberna. Escudo y lanza plateados muestran que la Centuria Macarena no es una exaltación bélica sino una manifestación popular del amor que sienten los macarenos por sus sagrados titulares, el Cristo de la Sentencia, al que escoltan cada madrugada, y su Santísima Madre, la Virgen de la Esperanza. No amenazan a nadie, no dan miedo, solo tocan música cofrade y desfilan con donosura por las calles sevillanas repartiendo ilusiones, alegría y orgullo de barrio. Expresan así la unión incondicional del pueblo con su Hermandad de la Macarena, y lo celebran a su modo, compartiendo vinos, charla y afectos. Todos se sienten honrados con su presencia y el "armao" disfruta de su condición privilegiada por acompañar al paso de la "Sentencia" hasta que el día amanezca de nuevo y la cofradía regrese a su templo rayando el mediodía del Viernes Santo. Un honor y un lujo que pasarán de padres a hijos.


jueves, 1 de enero de 2026

Fotografía del mes (I). Nochevieja de 1973.

 

La primera fotografía que hemos seleccionado para este mes de enero del nuevo año de 2026 procede justo de aquel lejano mes de enero de 1973. Es Nochevieja y se está celebrando en el pequeño salón de la casa. Un piso pequeño del barrio de San Marcos, como la mayoría de las viviendas de entonces. Tras una hilera de botellas vacías una pareja de mujeres, jóvenes madres de familia, bailan juntas para celebrar la venida del nuevo año con alegría y esperanza. 

Esta entrañable instantánea del fotógrafo aficionado nos sumerge en un tiempo que se fue. Un tiempo de papeles pintados en las paredes, decoración popular barata y un aparato de televisión presidiendo la estancia, siempre conectado a la única cadena existente, la de Televisión Española. Franco aún vivía, la dictadura agotaba sus años finales aunque nadie lo podía adivinar entonces. Pero, como ven, a pesar de todo, la alegría va por barrios, y en el de San Marcos se festejaba el nuevo año para convocar los buenos augurios.

 

 


Dos mujeres bailando juntas, sin hombres que las importunen, era una estampa muy habitual en las fiestas populares de entonces. Nadie se sorprendía ni se escandalizaba por eso. No había segundas lecturas aviesas, simplemente cuando no se contaba con hombres dispuestos las mujeres no se resignaban a quedarse sentadas. El reloj marca la una menos veinte de la madrugada y el programa de fin de año de la tele, como todos los años de nuestra infancia, pone música al baile y fondo a la alegría compartida. La estrechez del pequeño salón no lo impide, sino que lo acoge con mayor intimidad. Ya se han tomado las uvas entre risas, se ha comido y se ha bebido -pequeños bocadillos, chacina, botellines de Cruzcampo, cocacolas- y, una vez apartada la mesa de camilla, se hace sitio para el baile y las risas. 



Otros, sin embargo, permanecerán sentados, acaso los más jóvenes, en animada conversación. Se cruzan conversaciones y miradas en un ambiente simpatico y confiado. Nacen nuevas relaciones y se intercambian revelaciones al amparo de la noche y del ruido. Es un nuevo año. Se espera lo mejor aunque la realidad siga siendo la misma una vez que amanezca. Nadie va emperifollado, nadie va vestido de mamarracho, es una fiesta popular de barrio sevillano de hace cincuenta y tres años, de familias y de vecinos; nadie aparenta lo que no es, todos se conocen, todos se sienten unidos, al menos por un rato.

Es Nochevieja en San Marcos. Acaba de empezar el año 1973 y todos esperan que el futuro sea mejor para todos. Y por esta noche, todos lo viven como si lo fuera.

Nosotros, ante este año 2026 que hoy comienza haremos lo mismo y les felicitaremos el nuevo año para desearles que sea mejor que el año pasado. Es un tiempo de ESPERANZA y ALEGRÍA. No lo estropeemos.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (II). Los Reyes Magos han venido. Enero, 1970.

 

Seleccionamos esta segunda fotografía del mes de diciembre, tomada por el fotógrafo aficionado el 6 de enero, día de los Reyes Magos, del año 1970, en el comedor de su casa del barrio de San Marcos, y en la que, a modo de bodegón, vemos uno de los juegos de construcción que hacían furor por aquellos años -el Meccano- junto a un Madelman, pequeño muñeco articulado que lo mismo servía para librar una batalla, cazar en un safari o crucificarlo cuando llegaba la Semana Santa encima de una caja de zapatos a modo de pequeño paso procesional. La única pantalla que existía entonces la vemos al fondo a la derecha, la del televisor, siempre encendido a modo de luminaria perpetua en el pequeño salón de la casa.

Es difícil explicar con palabras todos los sentimientos que nos evoca esta imagen, pero lo vamos a intentar aprovechando que se acerca la Navidad de 2025.

 


 

El niño ya ha empezado a jugar con lo que le han traído los Reyes Magos por la mañana de este 6 de enero de 1970. Ayer se acostó temprano y nervioso, después de que sus padres lo llevaran a ver la Cabalgata por el centro de la ciudad, esperando que le trajeran algunos de los regalos que pidió en su carta dirigida al Rey Baltasar y que echó en el buzón del Cartero Real, sentado junto a varios pajes en la puerta del Corte Inglés de la Plaza del Duque. El niño nunca los oye llegar de madrugada pero confía ilusionado que llegue pronto la mañana del día más luminoso del año. Lleva todas las vacaciones de Navidad esperándolo -por aquellos tiempos Papá Noel no acudía a las casas sevillanas- y sabe que mañana tendrá que volver al colegio, así que tiene que aprovechar el último día de fiesta para jugar. Ya sabe que los Reyes vendrán a casa por la noche y que por la mañana encontrará los regalos bajo el Belén del aparador o encima de las zapatillas que ha dejado debajo de su cama. Siempre ha ocurrido así desde que era chico. Un misterio maravilloso que no quiere desvelar.

El niño duerme en una cama-mueble que se abría cada noche en el pequeño salón de la casa cuando salía la "carta de ajuste" que ponía fin a la programación diaria de la televisión. Pero la noche de Reyes la tele se apagaba pronto para ir a dormir cuanto antes. Se despertó con la primera claridad de la mañana. Fue corriendo a la cama de su hermana pequeña para ver si estaba ya despierta y, con el corazón latiendo con fuerza, viendo los paquetes de colores que había en el salón, fueron a despertar a sus padres. ¡Mamá, papá, que han venido los Reyes! Entonces cogió la mano de su madre y la llevó a ver los regalos. La madre no se lo podía creer. ¡Cómo era posible! Si nadie había escuchado nada por la noche. No le trajeron todo lo que pidió pero daba igual porque sí vio la caja del Meccano, el Madelman Safari con todos sus complementos, un estuche de lápices Alpino y rotuladores de colores, un pijama calentito, unos calcetines y un álbum de animales salvajes. Bueno, realmente el pijama y los calcetines no los había pedido él a los Reyes, pero su madre lo hizo por él, según le explicó.

Mientras en la tele ponían la habitual programación navideña y desayunaba el ColaCao con picatostes que le había hecho su madre, el niño construye un jeep con el Meccano y sienta al "cazador africano" que se va de safari a capturar algunos de los animales que aparecían en el álbum, comenzando así una historia plagada de peligros que podía acabar con el cazador bien muerto, o atacado por una horda de indios de plástico -que le echaron en su cumpleaños- y que hoy se convertirán en una tribu caníbal, quién sabe. Tiene todo el día para hilar historias y aventuras encima de la mesa camilla al calorcito de la copa de cisco.

Estos días de Reyes el niño no los olvidará nunca. Y eso que aún no sabe que no volverá a tener un ilusión tan intensa, una emoción más nítida y un sentimiento de unión más fuerte con su familia que los que experimentará en estos días de Reyes de su infancia.

Y sí, sí que son odiosas algunas de las comparaciones que podemos hacer con la realidad actual.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (I). La joven vendedora, 1974.

 

Para este mes de diciembre vamos a elegir dos fotos, una por quincena. Esta primera, tomada por el fotógrafo aficionado en el verano del año 1974, está dedicada a una adolescente que vendía frutos secos y otras "chucherías" en la puerta de la taberna Casa Tomás que glosamos en la entrada del mes pasado. La melancolía y la ternura que desprende su mirada no puede hacernos olvidar lo dura que fue la vida para muchos niños y niñas en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado -sobre todo de los barrios populares del centro de Sevilla- que no tuvieron más remedio que dedicarse a realizar oficios tempranos y mal pagados que truncaban su formación y mermaban sus posibilidades vitales futuras porque había que llevar algo de dinero a sus familias necesitadas.


 


 

¡Qué lejos esta infancia de la actual! Afortunadamente hemos avanzado con respecto a la realidad que nos muestra la foto. Pero, quizás no lo sea tanto si ampliamos el foco y miramos con más detenimiento la realidad de los barrios periféricos de una Sevilla que tiene el dudoso honor de tener los más pobres y marginales de toda Andalucía y de España. 

Porque desde los años sesenta del siglo pasado se ha forzado en Sevilla una "migración" de ciudadanos desde los barrios más pobres del centro histórico hacia los más alejados, a la búsqueda de mejores condiciones de vida. Así, muchas familias pasaron de vivir en corrales, refugios o infraviviendas a vivir en colmenas de pisos construidas en la afueras. Y la guinda a este fenómeno poligonero y centrífugo la está poniendo hoy la turistificación y gentrificación que sufrimos de manera acelerada. Unos pocos hacen el negocio y otros muchos pagan el pato de ser expulsados de su propia ciudad.

Digamos, pues, que el problema social no se ha resuelto sino que se ha desplazado; pero esa mirada de la joven vendedora -y las vidas truncadas de tantos jóvenes como ella- siguen persiguiéndonos hoy si paseamos por barrios como los Pajaritos, la Candelaria, el Polígono Sur, el Polígono Norte o el Polígono de San Pablo, entre otros. Algunos de ellos, por cierto, convertidos en inaceptables guetos gracias a la dejación de responsabilidad de todas las administraciones públicas desde hace más de cincuenta años. Lo que ocurre es que ya no lo vemos de tan cerca como lo tenemos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ahora bien, si tuviéramos que elegir entre una situación vital u otra, ambas muy malas, sin duda nos quedaríamos con aquella de la chica vendedora del barrio de San Marcos: al menos, ella vivía en la casa del centro histórico donde nació, no había sido aún desplazada hacia una barriada lejana y desintegrada de la ciudad y aún mantenía vivos los vínculos que la unían a su barrio, a sus calles, a su historia y a su grupo familiar de pertenencia. Lo que ocurre ahora en pleno siglo XXI no tiene un pase se mire por donde se mire.

Quizás, si nadie lo remedia, pronto le demos un nuevo sentido al verso de Antonio Machado cuando en boca del apócrifo poeta Abel Infanzón decía: ¡Oh, maravilla, /Sevilla sin sevillanos, /la gran Sevilla! /Dadme una Sevilla vieja /donde se dormía el tiempo /en palacios con jardines /bajo un azul de convento... 

Pues lo estamos consiguiendo, y no desde un punto de vista soñado o nostálgico sino de manera literal: una Sevilla sin sevillanos -como ya existe una Venecia sin venecianos- pero, eso sí, okupada por una masa cretinizada de turistas errabundos cuyo único fin es el de llenar los bolsillos de unos pocos a costa de vaciar, envilecer y desnaturalizar el centro de la ciudad convertido en falso parque temático. Y, mientras, los sevillanos viviendo en las periferias. Su ciudad se les está robando desde hace décadas. Y su pasado y su futuro. Una versión opuesta, zafia y rastrera del sentido profundo que nos legó el insigne poeta sevillano. Eso sí que es una pena.