26 de noviembre de 1967. Domingo. La noche otoñal sevillana va dando paso al invierno que ya se adivina. Vecinos del barrio de San Marcos contemplan una procesión; probablemente en la calle Enladrillada, junto a la Parroquia de San Román. Calles mal iluminadas y poco limpias como las de entonces de los barrios populares del centro de la ciudad. La Virgen de la Soledad de la Hermandad Servita recorre las calles aledañas a su Capilla de Nuestra Señora de los Dolores cuando aún la hermandad no forma parte de la nómina de las cofradías de penitencia. Ni siquiera tiene paso propio, es prestado. Son los duros -aunque ilusionantes- comienzos de un grupo voluntarioso de hermanos que tratan de recuperar una devoción perdida y que, casi sesenta años después, han logrado conformar una de las cofradías más señeras, bellas y elegantes de las que procesionan en Sevilla cada Sábado Santo.
Los vecinos contemplan a la Virgen cuyo paso se ha parado para dar un breve descanso a los costaleros que la portan, entre chicotá y chicotá. El capataz, Máximo Castaño, comanda la cuadrilla.
Una Sevilla que ya no volverá y que sólo es vagamente reconocida en los inicios de muchas de las hermandades y cofradías que nacen y crecen en los nuevos barrios periféricos de la ciudad. Para los que peinamos canas -o ni eso- las cofradías de barrio nos devuelven, acaso por breves instantes, ese recuerdo, ese pellizco, esa Sevilla emocionante de nuestra infancia y adolescencia. Como escribía el poeta: allí encontramos donde la memoria escoge el camino más corto para herirnos (Rafael Montesinos).