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martes, 15 de septiembre de 2026

Fotografía del mes (II). Noche calurosa de septiembre de 1970.


Plaza de Santa Isabel de Sevilla. Barrio de San Marcos. Noche de finales de septiembre de 1970. A pesar de haber entrado oficialmente el otoño, la noche sevillana sigue siendo calurosa. Pleno veranillo de San Miguel, últimos latidos del verano tórrido sevillano. Los colegios ya han empezado pero en las familias aún no se imponen normas estrictas o no hay muchos deberes que hacer en casa. Los chavales del barrio aún gozan de cierta manga ancha y alargan los juegos hasta bien entrada la noche. 

El magnífico retablo manierista de Alonso de Vandelvira (1609) que rodea la puerta del Convento de Santa Isabel sirve de nido para que un "pájaro" noctámbulo otee el horizonte desde la altura. Es momento de tomar algo de fruta y charlar con los vecinos mientras los chiquillos juegan en la plaza.



miércoles, 15 de julio de 2026

Fotografía del mes (II): las maquinitas. Verano de 1974.


Verano de 1974. Taberna Casa Luis en la calle Vergara del barrio de San Marcos de Sevilla. La noche ya ha caido y refresca la ciudad. Es el momento de salir el sábado a la calle. Los niños de entonces acompañábamos a nuestros padres -la madre solía quedarse en casa- al bar y, mientras ellos departían con sus amigos tomando unos vinos o unas cervezas, nosotros aprovechábamos su buena disposición para conseguir unas pesetas y jugar a las maquinitas. Así no les dábamos la lata.

Los tipos de maquinitas de entonces en los bares y tabernas eran pocos: los flipers y los pequeños futbolines. Los billares quedaban reservados para salones recreativos más grandes. En la fotogafía, vemos como un niño se entretiene jugando al fliper, o al pinball como se diría hoy. La máquina era hipnótica y, a medida que cogías experiencia, podías sacar partidas gratis que alargaban la dicha sin fin. También, es verdad, que aunque permitía realizar ciertos movimientos con el cuerpo o las manos, si te pasabas con la fuerza aparecía la temida falta, y la máquina se apagaba y perdías la partida. Así que había que andarse con ojo y utilizar el empujoncito muy medido. 

Resulta entrañable que aún resuene en nuestros oídos la musiquilla pegadiza y el repetido choque de la bola de acero contra los distintos obstáculos y gomillas que poblaban el tablero multicolor, mientras en el frontal luminoso aparecía la puntuación, los premios y las partidas obtenidas. Qué tiempos.

 

 

 

Hoy, cincuenta años después, los flipers han desaparecido de los bares y tabernas sevillanos. Sólo en locales muy friquis, y muy pocos, pueden disfrutarse hoy de estas "maquinitas" que eran una delicia de pasatiempo para los niños y adolescentes de entonces. Una pena, porque eran muy divertidas y entretenidas. Una buena forma, además, de hacer amigos, jugar en pareja o compartir partidas entre risas.

 


Incluso a los gatos de taberna les gustaban los flipers.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

Fotografía del mes (II). La Sevilla de los derribos. Verano de 1973.

 

Todo tiempo pasado nunca fue mejor. Vaya por delante. Ya lo cantaba, en el s. XV, Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre. Y bien lo sabemos los que fuimos niños y niñas durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. En 1973 un régimen declinaba y aún no había nacido la España actual. Todo eran incertidumbres... y ruina. Ruina literal, porque en el centro de Sevilla abundaban los "derribos" y los solares llenos de suciedad, jaramagos y roedores, como el de la foto, situado en la calle Santa Paula del barrio de San Marcos.

 

 

 

Los derribos y solares constituyen la metáfora visual del final de una época oscura y rancia. Pero a los niños de entonces nos encantaban porque eran un territorio desconocido donde cazar bichos y forjar aventuras. También abundaban las casas abandonadas en las que podíamos entrar por algun hueco o ventana rota y recorrer sus salas y habitaciones llenas de suciedad, cristales rotos, cachivaches y muebles desvencijados. Siempre a la búsqueda de algún "tesoro" escondido que llevar a casa o de un nido de gatitos callejeros que rescatar o de una rata a la que cazar.

El centro de Sevilla se caía a pedazos. El desarrollismo de los últimos años del régimen no mejoró su aspecto ni alimentó la esperanza. Ya comenzaban a construirse los grandes barrios periféricos, suburbiales, que alojarían a una población mayoritariamente desplazada desde el centro hacia el extrarradio: Alcosa, Polígono de San Pablo, Pino Montano, etc. Una dinámica que continuó en las siguientes décadas hasta la actualidad, alimentada por la turistificación y la gentrificación, palabros malditos, que desnaturalizaron la esencia de una ciudad al convertirla en un engañoso -fake se dice ahora- escenario de cartón piedra.

Los niños de entonces se fueron a vivir lejos del centro. Todavía no han vuelto. Sólo unos pocos privilegiados pueden seguir jugando encerrados en corralitos de colores en una calle que ya no es suya, sino de las franquicias, los veladores, los coches y los turistas. ¿Se pueden echar de menos los derribos? ¡Vaya que sí!


domingo, 15 de febrero de 2026

Fotografía del mes (II). El orgullo de un barrio. 1972.

 

Es bien sabido que las hermandades y cofradías de Sevilla están íntimamente imbricadas en el tejido social, de tal forma que los barrios fundan hermandades y cofradías y estas consolidan la cohesión y el sentido de pertenencia a aquellos. De este modo, las cofradías expresan el carácter de cada barrio y, a la vez, son muestra fehaciente del orgullo que suponen para sus vecinos. Por eso, hemos titulado esta foto como el orgullo de un barrio

En este caso, del barrio de San Marcos, situado en el centro histórico de Sevilla, en el eje que va desde la Iglesia de Santa Catalina hasta la de San Gil en la Macarena. Una zona muy castigada -durante y después de la Guerra Civil española- porque en ella se concentró la mayor resistencia de las tropas republicanas ante el rápido avance del general nacional Queipo de Llano. La turba quemó prácticamente todas las iglesias y sus enseres y las tropas nacionales arrasaron con estos barrios. Una sinrazón cruel.

En los años sesenta y setenta del siglo pasado estos barrios empezaron a recuperarse y su población -mucha de ella llegada de los pueblos de la provincia- comenzó a regenerar la vida ciudadana, eso sí, pasando muchas calamidades y estrecheces.

  



En la foto, tomada a principios de los setenta, en 1972, un grupo de niños rodea a un vecinillo que va a salir de nazareno en la cofradía del barrio, la Hermandad de los Servitas, recuperada pocos años antes por un grupo de voluntariosos hermanos y cofrades. Es Sábado Santo y la cofradía servita está a punto de salir por primera vez como hermandad de penitencia para ir a la Santa Iglesia Catedral. La fotografía muestra no sólo el orgullo intangible de un barrio sino también el futuro de tantos niños y niñas que consolidarán, años después, una de las cofrafías más señeras y elegantes de la actual Semana Santa de Sevilla.




Aquí vemos su único y primitivo paso por aquellos años, el de la Piedad Servita. Posteriormente, en 1981, añadiría el de la Virgen de la Soledad bajo palio. Una foto icónica del fotógrafo aficionado, donde la Virgen de los Dolores y el Cristo de la Providencia, grupo escultórico de Montes de Oca, se encuentran enmarcados bajo la inconfudible torre de la Parroquia de San Marcos.

Quizás pueda parece un hecho casual, pero resulta conmovedor pensar que, después de la tragedia sufrida, el barrio de San Marcos adopte como propia una hermandad de negro, seria y fúnebre, tal vez en mudo homenaje a los muchos que cayeron muertos sobre sus calles e iglesias en esos fatídicos días iniciales de la Guerra Civil Española.

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (II). Los Reyes Magos han venido. Enero, 1970.

 

Seleccionamos esta segunda fotografía del mes de diciembre, tomada por el fotógrafo aficionado el 6 de enero, día de los Reyes Magos, del año 1970, en el comedor de su casa del barrio de San Marcos, y en la que, a modo de bodegón, vemos uno de los juegos de construcción que hacían furor por aquellos años -el Meccano- junto a un Madelman, pequeño muñeco articulado que lo mismo servía para librar una batalla, cazar en un safari o crucificarlo cuando llegaba la Semana Santa encima de una caja de zapatos a modo de pequeño paso procesional. La única pantalla que existía entonces la vemos al fondo a la derecha, la del televisor, siempre encendido a modo de luminaria perpetua en el pequeño salón de la casa.

Es difícil explicar con palabras todos los sentimientos que nos evoca esta imagen, pero lo vamos a intentar aprovechando que se acerca la Navidad de 2025.

 


 

El niño ya ha empezado a jugar con lo que le han traído los Reyes Magos por la mañana de este 6 de enero de 1970. Ayer se acostó temprano y nervioso, después de que sus padres lo llevaran a ver la Cabalgata por el centro de la ciudad, esperando que le trajeran algunos de los regalos que pidió en su carta dirigida al Rey Baltasar y que echó en el buzón del Cartero Real, sentado junto a varios pajes en la puerta del Corte Inglés de la Plaza del Duque. El niño nunca los oye llegar de madrugada pero confía ilusionado que llegue pronto la mañana del día más luminoso del año. Lleva todas las vacaciones de Navidad esperándolo -por aquellos tiempos Papá Noel no acudía a las casas sevillanas- y sabe que mañana tendrá que volver al colegio, así que tiene que aprovechar el último día de fiesta para jugar. Ya sabe que los Reyes vendrán a casa por la noche y que por la mañana encontrará los regalos bajo el Belén del aparador o encima de las zapatillas que ha dejado debajo de su cama. Siempre ha ocurrido así desde que era chico. Un misterio maravilloso que no quiere desvelar.

El niño duerme en una cama-mueble que se abría cada noche en el pequeño salón de la casa cuando salía la "carta de ajuste" que ponía fin a la programación diaria de la televisión. Pero la noche de Reyes la tele se apagaba pronto para ir a dormir cuanto antes. Se despertó con la primera claridad de la mañana. Fue corriendo a la cama de su hermana pequeña para ver si estaba ya despierta y, con el corazón latiendo con fuerza, viendo los paquetes de colores que había en el salón, fueron a despertar a sus padres. ¡Mamá, papá, que han venido los Reyes! Entonces cogió la mano de su madre y la llevó a ver los regalos. La madre no se lo podía creer. ¡Cómo era posible! Si nadie había escuchado nada por la noche. No le trajeron todo lo que pidió pero daba igual porque sí vio la caja del Meccano, el Madelman Safari con todos sus complementos, un estuche de lápices Alpino y rotuladores de colores, un pijama calentito, unos calcetines y un álbum de animales salvajes. Bueno, realmente el pijama y los calcetines no los había pedido él a los Reyes, pero su madre lo hizo por él, según le explicó.

Mientras en la tele ponían la habitual programación navideña y desayunaba el ColaCao con picatostes que le había hecho su madre, el niño construye un jeep con el Meccano y sienta al "cazador africano" que se va de safari a capturar algunos de los animales que aparecían en el álbum, comenzando así una historia plagada de peligros que podía acabar con el cazador bien muerto, o atacado por una horda de indios de plástico -que le echaron en su cumpleaños- y que hoy se convertirán en una tribu caníbal, quién sabe. Tiene todo el día para hilar historias y aventuras encima de la mesa camilla al calorcito de la copa de cisco.

Estos días de Reyes el niño no los olvidará nunca. Y eso que aún no sabe que no volverá a tener un ilusión tan intensa, una emoción más nítida y un sentimiento de unión más fuerte con su familia que los que experimentará en estos días de Reyes de su infancia.

Y sí, sí que son odiosas algunas de las comparaciones que podemos hacer con la realidad actual.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (I). La joven vendedora, 1974.

 

Para este mes de diciembre vamos a elegir dos fotos, una por quincena. Esta primera, tomada por el fotógrafo aficionado en el verano del año 1974, está dedicada a una adolescente que vendía frutos secos y otras "chucherías" en la puerta de la taberna Casa Tomás que glosamos en la entrada del mes pasado. La melancolía y la ternura que desprende su mirada no puede hacernos olvidar lo dura que fue la vida para muchos niños y niñas en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado -sobre todo de los barrios populares del centro de Sevilla- que no tuvieron más remedio que dedicarse a realizar oficios tempranos y mal pagados que truncaban su formación y mermaban sus posibilidades vitales futuras porque había que llevar algo de dinero a sus familias necesitadas.


 


 

¡Qué lejos esta infancia de la actual! Afortunadamente hemos avanzado con respecto a la realidad que nos muestra la foto. Pero, quizás no lo sea tanto si ampliamos el foco y miramos con más detenimiento la realidad de los barrios periféricos de una Sevilla que tiene el dudoso honor de tener los más pobres y marginales de toda Andalucía y de España. 

Porque desde los años sesenta del siglo pasado se ha forzado en Sevilla una "migración" de ciudadanos desde los barrios más pobres del centro histórico hacia los más alejados, a la búsqueda de mejores condiciones de vida. Así, muchas familias pasaron de vivir en corrales, refugios o infraviviendas a vivir en colmenas de pisos construidas en la afueras. Y la guinda a este fenómeno poligonero y centrífugo la está poniendo hoy la turistificación y gentrificación que sufrimos de manera acelerada. Unos pocos hacen el negocio y otros muchos pagan el pato de ser expulsados de su propia ciudad.

Digamos, pues, que el problema social no se ha resuelto sino que se ha desplazado; pero esa mirada de la joven vendedora -y las vidas truncadas de tantos jóvenes como ella- siguen persiguiéndonos hoy si paseamos por barrios como los Pajaritos, la Candelaria, el Polígono Sur, el Polígono Norte o el Polígono de San Pablo, entre otros. Algunos de ellos, por cierto, convertidos en inaceptables guetos gracias a la dejación de responsabilidad de todas las administraciones públicas desde hace más de cincuenta años. Lo que ocurre es que ya no lo vemos de tan cerca como lo tenemos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ahora bien, si tuviéramos que elegir entre una situación vital u otra, ambas muy malas, sin duda nos quedaríamos con aquella de la chica vendedora del barrio de San Marcos: al menos, ella vivía en la casa del centro histórico donde nació, no había sido aún desplazada hacia una barriada lejana y desintegrada de la ciudad y aún mantenía vivos los vínculos que la unían a su barrio, a sus calles, a su historia y a su grupo familiar de pertenencia. Lo que ocurre ahora en pleno siglo XXI no tiene un pase se mire por donde se mire.

Quizás, si nadie lo remedia, pronto le demos un nuevo sentido al verso de Antonio Machado cuando en boca del apócrifo poeta Abel Infanzón decía: ¡Oh, maravilla, /Sevilla sin sevillanos, /la gran Sevilla! /Dadme una Sevilla vieja /donde se dormía el tiempo /en palacios con jardines /bajo un azul de convento... 

Pues lo estamos consiguiendo, y no desde un punto de vista soñado o nostálgico sino de manera literal: una Sevilla sin sevillanos -como ya existe una Venecia sin venecianos- pero, eso sí, okupada por una masa cretinizada de turistas errabundos cuyo único fin es el de llenar los bolsillos de unos pocos a costa de vaciar, envilecer y desnaturalizar el centro de la ciudad convertido en falso parque temático. Y, mientras, los sevillanos viviendo en las periferias. Su ciudad se les está robando desde hace décadas. Y su pasado y su futuro. Una versión opuesta, zafia y rastrera del sentido profundo que nos legó el insigne poeta sevillano. Eso sí que es una pena.


miércoles, 1 de octubre de 2025

Fotografía del mes. La vajilla Duralex. 1969.

 

 

Hemos elegido para este mes otoñal de octubre una foto familiar del año 1969. Tomada en el mes de diciembre, queremos destacar de ella la vajilla de la marca Duralex que se extendió por la mayoría de los hogares sevillanos gracias a su cualidad de ser irrompible y su buen precio. Lo que acabaría paulatinamente con los platos y fuentes de cerámica que ya sólo se sacaban, si se tenían, cuando llegaban las visitas o en las fiestas de guardar.

 

 


 

En aquellas pequeñas salas de estar de los barrios populares se comía en la mesa de camilla, lugar central de la casa donde se desarrollaba la vida familiar. La razón principal era que bajo sus faldas se encontraba la "copa de cisco" que calentaba a sus habitantes, empezando por los pies, en aquellos fríos inviernos donde aún no se utilizaban los calentadores eléctricos o de gas butano que eran mucho más caros.

La vajilla Duralex se comercializó por aquellos años sesenta en España y se extendió rápidamente por los hogares sevillanos. Duralex, una marca francesa, convertida hoy en icono vintage, que se publicitó entonces como la vajilla irrompible que pasaba de generación en generación. Vasos, platos y fuentes de Duralex llenaron las vitrinas de los armarios y las mesas de comedor como la de la foto. 

Todavía hoy, los "coroneles" del bar El Rinconcillo de Sevilla se sirven en estos vasos.

Duralex se inspiraba en el dicho latino "Dura lex, Sed lex", porque, al igual que la Ley, la vajilla de Duralex no se rompía y, por tanto, era fácil de fregar y salía a cuenta. Qué más se podía pedir en aquellos tiempos de apreturas económicas. O en estos tiempos de obsolescencia programada. Pues eso.

En la foto que hemos seleccionado una familia, mi familia, está dando cuenta de la ensalada y el guiso diarios. En aquellos años se comía poco pescado y poca carne; como mucho, una vez a la semana algo de pollo o una fritura de pescada o boquerones. De ahí que a algunos nos quede todavía hoy el gusto por el cuchareo. En ocasiones, vecinillos eran invitados a comer con la irrompible vajilla de Duralex y, como podemos observar, ya se estaban realizando los preparativos para la Navidad cercana con el montaje del portal de Belén en el aparador. 

El aparador, todo un clásico del mobiliario sevillano de esos años que, gracias a su gran espejo, agrandaba visualmente los saloncitos de los pisos. Después vendría el mueble-bar, con su vitrina de espejos, cristalería y licores, y, claro está, los tomos de la obligada enciclopedia que se vendía por fascículos encuadernables; pero esa es otra historia.

 

viernes, 8 de agosto de 2025

Fotografía del mes: Cruz de Guía. Noviembre de 1967.

 

Empezamos una nueva sección mensual dedicada a realizar comentarios de algunas fotos del fotógrafo aficionado con el fin de facilitar una mirada más reposada del pasado. Una mirada hacia atrás, sí, pero no con la intención de evocar nostalgia sino, justo al contrario, para hilar reflexiones sobre el presente y el futuro. Para mirar hacia delante.

Comenzamos con una foto correspondiente al año 1967.

 

 

Sevilla. Noviembre de 1967. Cruz de Guía de la procesión de gloria de la Virgen de la Soledad de la Hermandad de los Servitas adentrándose por la calle Enladrillada del barrio de San Román.

 

En aquel invierno de 1967 aún gobernaba Franco en España. Era oscuro invierno en todo el país. Por entonces, las calles del centro histórico de Sevilla aún no gozaban de buena iluminación. Quizás, por eso, mis recuerdos infantiles de aquellos inviernos suelen estar teñidos de oscuridad, humedad y frio; de charcos, adoquines y solares de tierra y jaramagos. Pero también recuerdo jugar a las bolas o a la lima en la tierra húmeda de los arriates de la Plaza de Santa Isabel, o al fútbol en la calle Vergara; de las rodillas siempre desolladas (malditos pantalones cortos), del olor de los impermeables de plástico azul plomizo que se vendían en la calle Cuna, de los zapatos Gorila de los Almacenes Lirola -con su pelota verde de regalo-, de las botas negras de goma para los días lluviosos, de los calcetines mojados a pesar de ellas y de comer los picatostes calentitos espolvoreados con azúcar y canela que hacía mi madre -los dos arrimados a la copa de cisco picón que se escondía bajo las faldas de la mesa camilla-; de las tardes haciendo los deberes mientras ella cosía escuchando la novela de la radio... En fin, aún con todo el frío y lo que llovía fuera, éramos felices o creíamos serlo, pese a las estrecheces; no sólo de estrecheces de calles como la de la foto, sino, sobre todo, económicas y sociales.

Hoy muchos temen una Semana Santa con poca gente en las calles, como nos muestra la foto elegida, y hacen todo lo posible por agrandarla, que no engrandecerla. Pero, a nosotros, niños de entonces, no nos importa porque ya la vivimos así en las décadas de los cincuenta y sesenta y setenta del siglo pasado; y la disfrutamos, por cierto. De ahí que, muchos, quizá los más viejos, no tengamos ningún miedo sino una resignada desazón justo por lo contrario, es decir, por la actual masificación y turistificación que sufre; por una Semana Santa concebida como parque temático, vendida al mejor postor y con graves pérdidas de lo que creo es su genuina significación religiosa, espiritual, identitaria y artística. Para los que nacimos en aquellos años, la Semana Santa es más una celebración personal e íntima que se vive en familia y rodeado de amigos y de gente, antes que un espectáculo mediático o de masas; sostenemos aún una visión provinciana, si lo quieren, pero, probablemente, más próxima a sus raíces y al sentido de la medida que toda celebración popular debe tener so pena de desnaturalizarse, mutar sin sentido y convertirse en algo incómodo e indeseable. La cantidad, en estos casos, suele ser enemiga de la calidad y de la excelencia. No hay más que ver en qué se ha convertido la TV para los que nacimos sin pantallas en nuestras casas.

Ahora se justifica cualquier salida procesional por su dimensión evangelizadora pero, sinceramente, parece cada vez más una excusa oportuna para alimentar el espectáculo o la propia vanidad (estrenos, bandas, flores, número de nazarenos...). Todo en demasía, incluso las lentejas, acaba hartando y perdiendo sabor. Oler demasiados perfumes seguidos acaba por anular el sentido del olfato. Antes que todo, cualquier salida cofrade debe ser más la afirmación del sentimiento de "hermandad", del sentido de pertenencia y ayuda mutua, de una comunión de hermanos y devotos, que un intento de convertir a los "gentiles" a una fe que, muchas veces, se agota en la propia cofradía, en el propio barrio, en la propia banda, en un consumo hueco de usar y tirar.

También es verdad que aquella Semana Santa tenía problemas, pero de otro tipo: oscurantismo, ignorancia, caciquismo, escasez de medios, mojigatería o hipocresía, entre otros. No todo pasado fue siempre mejor pero, algunos aspectos sí que lo eran, y sería afortunado poder recuperarlos. Aunque no tengamos mucha esperanza en ello, lamentablemente, porque vamos deprisa a no se sabe dónde.

Volviendo a la foto seleccionada, a finales de noviembre de 1967, haciendo honor a su advocación, la Soledad Servita iba casi sola bajo la fría y húmeda noche sevillana. Pero iba rodeada de sus hermanos, devotos y vecinos del barrio. Los faroles de la cruz de guía iluminaban tenuemente la estrecha calle a oscuras. El cortejo de la cofradía estaba compuesto, mayoritariamente, por los niños del barrio. La foto nos conmueve por su extrema sencillez y humildad; porque esos pocos "locos" que eran capaces de sacar un paso de gloria a finales de noviembre en un barrio de Sevilla, con la mayoría de los enseres prestados por otras hermandades y sin intención de movilizar a las masas ni de vanagloriarse de sus posesiones, guardaban como oro en paño el fuego esencial capaz de alumbrar, casi sesenta años después, a una hermandad señera del barrio de San Marcos, como es la hermandad de los Servitas. Esa es la llama, el fuego y el sentido que no debería perder jamás la Semana Santa de Sevilla, aunque desaparecieran la mitad de los espectadores actuales; porque cuando uno no sabe adónde va, ni con quién va, siempre acaba perdido sin remedio.



domingo, 18 de mayo de 2025

Corpus de 1979.

 

A partir del año 1979 el fotógrafo aficionado reduce su producción fotográfica que se hace más esporádica. A pesar de ello, aún mantiene la capacidad para realizar bellas y curiosas instantáneas como estas fotos realizadas durante la procesión del Corpus Christi de Sevilla celebrada el 14 de junio de 1979.

 

 



 

 

 

 

 










Representación de la Hermandad del Museo

 


Aquí vemos la Escolanía de la Catedral de Sevilla junto con los Seises el año que se jubiló su director desde 1960 el canónigo Ángel de Urcelay. También observamos a la derecha al sacerdote D. Federico Pérez Estudillo.

 
















 

En esta curiosa foto observamos a las autoridades que participan en el Corpus Christi de 1979. A la izquierda, el primer alcalde democrático de Sevilla desde la II República, D. Luis Uruñuela Fernández, con su bastón de mando. Y en segundo lugar por la derecha, vemos a D. Manuel del Valle Arévalo, primer presidente democrático de la Diputación de Sevilla que, posteriormente, también fue alcalde de Sevilla.