viernes, 14 de agosto de 2026

Fotografía del mes (II): el "parroquiano". Mayo de 1975.

 

"Parroquiano", según la segunda acepción del diccionario de la RAE, refiérese a aquella "persona que acostumbra ir siempre a una misma tienda o establecimiento público", por ejemplo a una taberna sevillana de hace cincuenta años, como la de la segunda foto seleccionada este mes, "Casa Tomás", una humilde taberna del barrio de San Marcos que acogía, como cualquier templo de la época, a un nutrido grupo de parroquianos que acudían a lo largo de todo el año, hiciera frío o calor, al milagro de la sustanciación del vino del Aljarafe en vasos de cristal ante el olvido o la muerte. 

Por un módico precio, el vaso de vino obraba el milagro de la conversación, el olvido de las fatiguitas y la recuperación del ánimo en tiempos oscuros. ¡Quién podía dar más por menos! Y al igual que en las iglesias, se respetaba en las tabernas un ritual no menos estricto: estaba prohibido el cante, no se fiaba ni a dios, el devoto se acodaba en la barra, pedía al respetado tabernero-oficiante su gracia y no se hablaba de política, ni de mujeres, ni del pasado, por si acaso. A cambio, se producía el prodigio: cualquiera podía resguardarse a sagrado por un tiempo limitado; la puerta de la taberna trazaba una frontera con la realidad, ofrecía una burbuja cósmica que cada cual podía gestionar a su antojo a salvo de la intemperie. Para ello, bastaba una modesta cantidad de dinero, apuntada con tiza blanca sobre el mostrador de madera gastada de la taberna, para confirmar un contrato que vinculaba a tabernero y parroquiano frente a cualquier inclemencia del porvenir.

 

 


 

En aquellos años sesenta y setenta del siglo pasado, las tabernas sevillanas estaban pobladas de parroquianos, casi todos ellos varones, ya que las mujeres no solían frecuentarlas salvo en fiestas de guardar. Cada uno con una historia personal que guardaba para sí hasta que el vino abría las puertas del alma o de los demonios. La soledad se compartía con el tabernero, verdadero misacantano del rito, y con los demás fieles devotos presentes; de este modo, se hacía más llevadero el rosario de penurias y fracasos que se desgranaba, cuenta a cuenta, noche tras noche. Muchos de ellos sin más esperanza ni horizonte que el amanecer del día siguiente. Y cuando de manera esporádica la vida les regalaba una pequeña alegría o un respiro momentáneo, qué mejor que compartirlos apoyados en la barra de la taberna, eje referencial del mundo e impropio seno materno al que siempre regresar en busca de refugio o consuelo. In vino veritas, nunca mejor dicho.

Vaya esta entrada en recuerdo de la cohorte de "parroquianos" sevillanos de aquellas décadas, hoy ya casi olvidados.


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