jueves, 14 de mayo de 2026

Fotografía del mes (II). La Sevilla de los derribos. Verano de 1973.

 

Todo tiempo pasado nunca fue mejor. Vaya por delante. Ya lo cantaba, en el s. XV, Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre. Y bien lo sabemos los que fuimos niños y niñas durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. En 1973 un régimen declinaba y aún no había nacido la España actual. Todo eran incertidumbres... y ruina. Ruina literal, porque en el centro de Sevilla abundaban los "derribos" y los solares llenos de suciedad, jaramagos y roedores, como el de la foto, situado en la calle Santa Paula del barrio de San Marcos.

 

 

 

Los derribos y solares constituyen la metáfora visual del final de una época oscura y rancia. Pero a los niños de entonces nos encantaban porque eran un territorio desconocido donde cazar bichos y forjar aventuras. También abundaban las casas abandonadas en las que podíamos entrar por algun hueco o ventana rota y recorrer sus salas y habitaciones llenas de suciedad, cristales rotos, cachivaches y muebles desvencijados. Siempre a la búsqueda de algún "tesoro" escondido que llevar a casa o de un nido de gatitos callejeros que rescatar o de una rata a la que cazar.

El centro de Sevilla se caía a pedazos. El desarrollismo de los últimos años del régimen no mejoró su aspecto ni alimentó la esperanza. Ya comenzaban a construirse los grandes barrios periféricos, suburbiales, que alojarían a una población mayoritariamente desplazada desde el centro hacia el extrarradio: Alcosa, Polígono de San Pablo, Pino Montano, etc. Una dinámica que continuó en las siguientes décadas hasta la actualidad, alimentada por la turistificación y la gentrificación, palabros malditos, que desnaturalizaron la esencia de una ciudad al convertirla en un engañoso -fake se dice ahora- escenario de cartón piedra.

Los niños de entonces se fueron a vivir lejos del centro. Todavía no han vuelto. Sólo unos pocos privilegiados pueden seguir jugando encerrados en corralitos de colores en una calle que ya no es suya, sino de las franquicias, los veladores, los coches y los turistas. ¿Se pueden echar de menos los derribos? ¡Vaya que sí!


viernes, 1 de mayo de 2026

Fotografía del mes (I). "Los mirones son de piedra". Mayo, 1975.

 

 

Tarde soleada de un mes de mayo de hace más de cincuenta años. En la calle Vergara del barrio de San Marcos, en un velador de la taberna Casa Tomás se juega una partida al dominó. Dos parroquianos miran atentamente el juego. "Los mirones son de piedra" habrá dicho seguro alguno de los contendientes para prevenir gestos o comentarios inapropiados que puedan alterar la limpieza del juego. El juego es una de las cosas más serias que podemos hacer los humanos. Surge la pregunta: ¿desde cuándo no se juega al dominó en las calles del barrio de San Marcos? La verdad es que no sabríamos contestar cuándo se jodió todo. No sólo no juegan los mayores, los niños tampoco. Sólo lo hacen ya en corralitos infantiloides aco(go)tados y vigilados por sus padres, como si fueran tiernos cachorritos.




 

Nos hemos convertido hoy en una sociedad de "mirones". De mirones de piedra por lo poco que socializamos en la vida diaria. Cada uno refugiado en las pantallas portátiles o en las de sus casas. Como si la realidad la configuraran las dos dimensiones de los teléfonos móviles o de los aparatos de televisión, en vez de las tres que recogen nuestros ojos. Desmovilizados. Incapaces de intervenir como no sea de manera reglada y ordenada por alguien, oh, el algoritmo, oh, el partido, y no de manera libre y espontánea como estos vecinos que cada tarde se reunían en los veladores de la taberna para jugar, reir o comentar los acontecimientos de la vida cotidiana.

Mientras las partidas se sucedían, los niños pequeños del barrio jugábamos en la calle al balón, a la lima, o a piola. Las calles eran seguras o, al menos, así las percibíamos entonces. "Mamá, que me voy a la calle a jugar: ¿con quién?, con Manolito. Ah, bien, a las seis aquí. Vale, mamá, adiós." No teníamos teléfonos móviles y, no obstante, nos movíamos por las calles del barrio con total libertad. ¡Qué tiempos aquellos donde no había corralitos de colores, ni algoritmos, ni GPS para localizarnos!