Tarde soleada de un mes de mayo, de hace más de cincuenta años, en la calle Vergara del barrio de San Marcos. En un velador de la taberna Casa Tomás se juega una partida al dominó. Dos parroquianos miran atentamente al juego. "Los mirones son de piedra" habrá dicho seguro alguno de los contendientes para prevenir gestos o comentarios inapropiados que puedan alterar la limpieza del juego. El juego es una de las cosas más serias que podemos hacer los humanos. Surge la pregunta: ¿desde cuándo no se juega al dominó en las calles del barrio de San Marcos? La verdad es que no sabríamos contestar cuándo se jodió todo. No sólo no juegan los mayores, los niños tampoco. Sólo lo hacen ya en corralitos infantiloides aco(go)tados y vigilados por sus padres, como si fueran tiernos cachorritos.
Nos hemos convertido hoy en una sociedad de "mirones". De mirones de piedra por lo poco que socializamos en la vida diaria. Cada uno refugiado en las pantallas portátiles o en las de sus casas. Como si la realidad la configuraran las dos dimensiones de los teléfonos móviles o de los aparatos de televisión, en vez de las tres que recogen nuestros ojos. Desmovilizados. Incapaces de intervenir como no sea de manera reglada y ordenada por alguien, oh, el algoritmo, y no de manera libre y espontánea como estos vecinos que cada tarde se reunían en los veladores de la taberna para jugar, comentar o reir los acontecimientos de la vida cotidiana.
Mientras las partidas se sucedían, los niños pequeños del barrio jugábamos en la calle al balón, a la lima, o a piola. Las calles eran seguras o, al menos, así las percibíamos entonces. "Mamá, que me voy a la calle a jugar: ¿con quién?. Con Manolito. Ah, bien, a las seis aquí. Vale, mamá, adiós." No teníamos teléfonos móviles y, no obstante, nos movíamos por las calles del barrio con total libertad. ¡Qué tiempos aquellos donde no había corralitos de colores, ni algoritmos, ni GPS para localizarnos!