Todo tiempo pasado nunca fue mejor. Vaya por delante. Ya lo cantaba, en el s. XV, Jorge Manrique en las Coplas por la muerte de su padre. Y bien lo sabemos los que fuimos niños y niñas durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado. En 1973 un régimen declinaba y aún no había nacido la España actual. Todo eran incertidumbres... y ruina. Ruina literal, porque en el centro de Sevilla abundaban los "derribos" y los solares llenos de suciedad, jaramagos y roedores, como el de la foto, situado en la calle Santa Paula del barrio de San Marcos.
Los derribos y solares constituyen la metáfora visual del final de una época oscura y rancia. Pero a los niños de entonces nos encantaban porque eran un territorio desconocido donde cazar bichos y forjar aventuras. También abundaban las casas abandonadas en las que podíamos entrar por algun hueco o ventana rota y recorrer sus salas y habitaciones llenas de suciedad, cristales rotos, cachivaches y muebles desvencijados. Siempre a la búsqueda de algún "tesoro" escondido que llevar a casa o de un nido de gatitos callejeros que rescatar o de una rata a la que cazar.
El centro de Sevilla se caía a pedazos. El desarrollismo de los últimos años del régimen no mejoró su aspecto ni alimentó la esperanza. Ya comenzaban a construirse los grandes barrios periféricos, suburbiales, que alojarían a una población mayoritariamente desplazada desde el centro hacia el extrarradio: Alcosa, Polígono de San Pablo, Pino Montano, etc. Una dinámica que continuó en las siguientes décadas hasta la actualidad, alimentada por la turistificación y la gentrificación, palabros malditos, que desnaturalizaron la esencia de una ciudad al convertirla en un engañoso -fake se dice ahora- escenario de cartón piedra.
Los niños de entonces se fueron a vivir lejos del centro. Todavía no han vuelto. Sólo unos pocos privilegiados pueden seguir jugando encerrados en corralitos de colores en una calle que ya no es suya, sino de las franquicias, los veladores, los coches y los turistas. ¿Se pueden echar de menos los derribos? ¡Vaya que sí!
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