domingo, 14 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (II). Los Reyes Magos han venido. Enero, 1970.

 

Seleccionamos esta segunda fotografía del mes de diciembre, tomada por el fotógrafo aficionado el 6 de enero, día de los Reyes Magos, del año 1970, en el comedor de su casa del barrio de San Marcos, y en la que, a modo de bodegón, vemos uno de los juegos de construcción que hacían furor por aquellos años -el Meccano- junto a un Madelman, pequeño muñeco articulado que lo mismo servía para librar una batalla, cazar en un safari o crucificarlo cuando llegaba la Semana Santa encima de una caja de zapatos a modo de pequeño paso procesional. La única pantalla que existía entonces la vemos al fondo a la derecha, la del televisor, siempre encendido a modo de luminaria perpetua en el pequeño salón de la casa.

Es difícil explicar con palabras todos los sentimientos que nos evoca esta imagen, pero lo vamos a intentar aprovechando que se acerca la Navidad de 2025.

 


 

El niño ya ha empezado a jugar con lo que le han traído los Reyes Magos por la mañana de este 6 de enero de 1970. Ayer se acostó temprano y nervioso, después de que sus padres lo llevaran a ver la Cabalgata por el centro de la ciudad, esperando que le trajeran algunos de los regalos que pidió en su carta dirigida al Rey Baltasar y que echó en el buzón del Cartero Real, sentado junto a varios pajes en la puerta del Corte Inglés de la Plaza del Duque. El niño nunca los oye llegar de madrugada pero confía ilusionado que llegue pronto la mañana del día más luminoso del año. Lleva todas las vacaciones de Navidad esperándolo -por aquellos tiempos Papá Noel no acudía a las casas sevillanas- y sabe que mañana tendrá que volver al colegio, así que tiene que aprovechar el último día de fiesta para jugar. Ya sabe que los Reyes vendrán a casa por la noche y que por la mañana encontrará los regalos bajo el Belén del aparador o encima de las zapatillas que ha dejado debajo de su cama. Siempre ha ocurrido así desde que era chico. Un misterio maravilloso que no quiere desvelar.

El niño duerme en una cama-mueble que se abría cada noche en el pequeño salón de la casa cuando salía la "carta de ajuste" que ponía fin a la programación diaria de la televisión. Pero la noche de Reyes la tele se apagaba pronto para ir a dormir cuanto antes. Se despertó con la primera claridad de la mañana. Fue corriendo a la cama de su hermana pequeña para ver si estaba ya despierta y, con el corazón latiendo con fuerza, viendo los paquetes de colores que había en el salón, fueron a despertar a sus padres. ¡Mamá, papá, que han venido los Reyes! Entonces cogió la mano de su madre y la llevó a ver los regalos. La madre no se lo podía creer. ¡Cómo era posible! Si nadie había escuchado nada por la noche. No le trajeron todo lo que pidió pero daba igual porque sí vio la caja del Meccano, el Madelman Safari con todos sus complementos, un estuche de lápices Alpino y rotuladores de colores, un pijama calentito, unos calcetines y un álbum de animales salvajes. Bueno, realmente el pijama y los calcetines no los había pedido él a los Reyes, pero su madre lo hizo por él, según le explicó.

Mientras en la tele ponían la habitual programación navideña y desayunaba el ColaCao con picatostes que le había hecho su madre, el niño construye un jeep con el Meccano y sienta al "cazador africano" que se va de safari a capturar algunos de los animales que aparecían en el álbum, comenzando así una historia plagada de peligros que podía acabar con el cazador bien muerto, o atacado por una horda de indios de plástico -que le echaron en su cumpleaños- y que hoy se convertirán en una tribu caníbal, quién sabe. Tiene todo el día para hilar historias y aventuras encima de la mesa camilla al calorcito de la copa de cisco.

Estos días de Reyes el niño no los olvidará nunca. Y eso que aún no sabe que no volverá a tener un ilusión tan intensa, una emoción más nítida y un sentimiento de unión más fuerte con su familia que los que experimentará en estos días de Reyes de su infancia.

Y sí, sí que son odiosas algunas de las comparaciones que podemos hacer con la realidad actual.


lunes, 1 de diciembre de 2025

Fotografía del mes (I). La joven vendedora, 1974.

 

Para este mes de diciembre vamos a elegir dos fotos, una por quincena. Esta primera, tomada por el fotógrafo aficionado en el verano del año 1974, está dedicada a una adolescente que vendía frutos secos y otras "chucherías" en la puerta de la taberna Casa Tomás que glosamos en la entrada del mes pasado. La melancolía y la ternura que desprende su mirada no puede hacernos olvidar lo dura que fue la vida para muchos niños y niñas en las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado -sobre todo de los barrios populares del centro de Sevilla- que no tuvieron más remedio que dedicarse a realizar oficios tempranos y mal pagados que truncaban su formación y mermaban sus posibilidades vitales futuras porque había que llevar algo de dinero a sus familias necesitadas.


 


 

¡Qué lejos esta infancia de la actual! Afortunadamente hemos avanzado con respecto a la realidad que nos muestra la foto. Pero, quizás no lo sea tanto si ampliamos el foco y miramos con más detenimiento la realidad de los barrios periféricos de una Sevilla que tiene el dudoso honor de tener los más pobres y marginales de toda Andalucía y de España. 

Porque desde los años sesenta del siglo pasado se ha forzado en Sevilla una "migración" de ciudadanos desde los barrios más pobres del centro histórico hacia los más alejados, a la búsqueda de mejores condiciones de vida. Así, muchas familias pasaron de vivir en corrales, refugios o infraviviendas a vivir en colmenas de pisos construidas en la afueras. Y la guinda a este fenómeno poligonero y centrífugo la está poniendo hoy la turistificación y gentrificación que sufrimos de manera acelerada. Unos pocos hacen el negocio y otros muchos pagan el pato de ser expulsados de su propia ciudad.

Digamos, pues, que el problema social no se ha resuelto sino que se ha desplazado; pero esa mirada de la joven vendedora -y las vidas truncadas de tantos jóvenes como ella- siguen persiguiéndonos hoy si paseamos por barrios como los Pajaritos, la Candelaria, el Polígono Sur, el Polígono Norte o el Polígono de San Pablo, entre otros. Algunos de ellos, por cierto, convertidos en inaceptables guetos gracias a la dejación de responsabilidad de todas las administraciones públicas desde hace más de cincuenta años. Lo que ocurre es que ya no lo vemos de tan cerca como lo tenemos. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ahora bien, si tuviéramos que elegir entre una situación vital u otra, ambas muy malas, sin duda nos quedaríamos con aquella de la chica vendedora del barrio de San Marcos: al menos, ella vivía en la casa del centro histórico donde nació, no había sido aún desplazada hacia una barriada lejana y desintegrada de la ciudad y aún mantenía vivos los vínculos que la unían a su barrio, a sus calles, a su historia y a su grupo familiar de pertenencia. Lo que ocurre ahora en pleno siglo XXI no tiene un pase se mire por donde se mire.

Quizás, si nadie lo remedia, pronto le demos un nuevo sentido al verso de Antonio Machado cuando en boca del apócrifo poeta Abel Infanzón decía: ¡Oh, maravilla, /Sevilla sin sevillanos, /la gran Sevilla! /Dadme una Sevilla vieja /donde se dormía el tiempo /en palacios con jardines /bajo un azul de convento... 

Pues lo estamos consiguiendo, y no desde un punto de vista soñado o nostálgico sino de manera literal: una Sevilla sin sevillanos -como ya existe una Venecia sin venecianos- pero, eso sí, okupada por una masa cretinizada de turistas errabundos cuyo único fin es el de llenar los bolsillos de unos pocos a costa de vaciar, envilecer y desnaturalizar el centro de la ciudad convertido en falso parque temático. Y, mientras, los sevillanos viviendo en las periferias. Su ciudad se les está robando desde hace décadas. Y su pasado y su futuro. Una versión opuesta, zafia y rastrera del sentido profundo que nos legó el insigne poeta sevillano. Eso sí que es una pena.